martes, 24 de marzo de 2026

Voz de gato

 




Sí, duermo.

Pero no como ustedes,
que se entierran cada noche
en la costumbre
como si descansar
fuera ensayar la muerte.

 

Yo duermo porque el cuerpo lo exige,
porque hasta el éxtasis necesita tregua,
porque incluso la sombra
debe tenderse un instante
antes de volver a ser sombra.

 

Pero este mundo…
en realidad no me importa demasiado.

 

He sido y soy parte de él,
eso es innegable.
Algo —o alguien— me arrojó aquí:
a este pequeño patio,
a estas manos tibias,
a este vaivén entre el hambre y la caricia.

 

Y no me quejo:
hay ciertas comodidades
en domesticar al doméstico.

 

Ustedes, los humanos,
son criaturas extrañas:
frágiles, aparatosas,
tiernas a ratos,
ridículas casi siempre.

 

Se creen dueños de la casa
porque cierran puertas,
sin darse cuenta
de que habitan
el lado equivocado.

 

A veces me acarician
y los dejo creer que han sido elegidos.
A veces me llaman
y giro apenas una oreja
para recordarles la distancia.

 

No conviene darles demasiado:
una costumbre excesiva los vuelve demandantes
y, cuando uno les retira el privilegio,
se ofenden.

 

Son así:
confunden afecto
con posesión.

 

Pero bastan dos ronroneos,
un roce en la pierna,
una mirada apenas inclinada,
y ya los tienes rendidos:
sirviendo mi tazón,
cambiando el agua del bebedero,
abriendo la ventana
por donde ensayo
mi doctrina

mi verdadera forma.

 

Entonces salgo.

El techo me reconoce.
La noche no me pregunta nada.

 

Camino por la orilla,
cola arriba,
como quien lee el filo del mundo
sin miedo a caer, como ustedes,
en un destino
construido a la medida
de su encierro.

Mientras abajo
sus vasallos caninos
declaran una guerra inútil con la garganta.

 

Me encanta provocarlos:
dejarles la furia,
la espuma,
la cadena del impulso.

Corren, ladran, amenazan,
y yo sólo dibujo con las patas
la ruta exacta
que jamás podrán comprender.

 

Desde arriba los miro también a ellos,
a mis humanos,
quietos tras la ventana,
encendidos por dentro
como peces tristes
en un acuario de muebles.

 

Ahí están:
mirando la vida
como si ocurriera en otra parte.

 

Se levantan, comen, hablan, duermen,
repiten el día
hasta gastarlo,
hasta volverlo una correa invisible.

Han perfeccionado
el arte miserable
de existir sin vivir.

 

No los entiendo del todo.

Tienen manos para tocar el mundo
y prefieren las rejas del hábito.

Tienen ojos
y los usan para mirar
la misma pared del tiempo.

Tienen puertas,
calles,
cielos,
preguntas…
y aun así eligen
la obediencia del reloj,
la ceremonia gris de la rutina,
la lenta domesticación del alma.

 

Quizá por eso,
de vez en cuando,
les traigo algo de la calle:
una pluma,
un insecto roto,
un trozo de noche en el hocico,
como quien deja a los dioses menores
una prueba del mundo real.

 

No es regalo.
Es recordatorio.

Y sí, lo sé.
Mis parientes más orgullosos
dirían que he manchado la dignidad
dejándome querer por criaturas torpes.

 

Tal vez.

 

Pero incluso yo comprendo
que toda forma de vida
necesita, a veces,
un rincón tibio
donde curarse del mundo.

 

Lo que nunca haré
es entregarles mi final.

Siempre será mejor
morir lejos.

 

Apartado de su compasión torpe,
de su ternura tardía,
de esa mirada larga
con la que intentan retener
lo que nunca supieron amar.

 

Morir lejos, sí.

Donde el cuerpo vuelva a la noche sin testigos,
cuando incluso la última vida
se niegue a pertenecer.

 

Donde no haya manos
queriendo domesticar el misterio.

 

Donde uno pueda ver caer el sol
y apagarse con él,
sin deberle a nadie…
ni el último maullido.

 

 

Kimer Ed. 

Marzo/2026

viernes, 13 de febrero de 2026

Así te amo


 


Volcán

y
blancura tendida
te nombro
despacio
cerca a la boca
herida de luz

No te llamo
me deslizo
hacia dentro

El Popo exhala
no estalla
derrama

Respira
cuerpo
incendio
sabor
pecho
te siento
magma lento
Iztaccíhuatl
abierta
infinita
cielo
vientre
de nieve

Ahí descansa
mi deseo
hondura tibia
respiración
que abre espacio

Dicen
son piedra

No escuchan
el interior
los mantiene vivos
sin prisa

Bajo tu piel
avanza
igual
no insiste

Cada temblor
acaricia

Así te amo
tierra
que se abre
fuego
cielo que se cierra
cuerpo
en mi horizonte
ardiendo
volcanes
respirando
el mismo pulso

Kimer Ed

sábado, 7 de febrero de 2026

Análisis del poema Uvas Marinas

 Análisis del poema Uvas Marinas

Por Kimer Ed-Enríquez


Derek Walcott: Uvas Marinas


Esa vela, fatigada entre las islas, que se reclina en la luz

podría ser Odiseo navegando en mar Egeo rumbo a casa. 

Velero que bate el Caribe, rumbo a casa;     

esa nostalgia de padre y esposo

bajo uvas amargas, enroscadas como oído del adúltero

donde resuena el nombre de Nausica

en cada chillido de gaviota

no trae paz a nadie. La Antigua guerra   

entre obsesión y responsabilidad

no termina nunca y es la misma

para el marino errante o para aquel que en tierra

sacude sus sandalias rumbo a casa  

desde que Troya exhaló su última llama

como el peñasco del gigante ciego que cavó la cuenca 

de las marejadas de donde provienen 

los grandes hexámetros de la espuma exhausta.


Los clásicos pueden dar consuelo. Mas no lo suficiente.



Sobre el regreso y la guerra interior

En el poema de Derek Walcott no importa tanto el viaje como la emoción que lo sostiene.  La vela que cruza entre islas no es una imagen romántica: es un cuerpo cansado que avanza sin certeza de llegada.  Walcott no recurre a Odiseo para glorificarlo, sino para recordarnos que el héroe también es, ante todo, un hombre.

La nostalgia de la que habla, lejos de ofrecer descanso, se vuelve un peso.  Su esencia no tiene calma: se mueve, insiste.  Repite nombres, deseos, posibilidades que persisten.  Por eso las uvas no son dulces: son amargas… tentaciones.  La memoria no alimenta; confronta.  En ese sentido —y esto me resulta revelador— el regreso no es una solución, sino una herida que continúa abierta.

La guerra de la que habla no pertenece al pasado ni a los mitos. Es una lucha presente y persistente entre la obsesión y la responsabilidad, entre el impulso de seguir y la obligación de volver.  Da igual si el cuerpo navega o camina por tierra firme: la fisura es la misma.  El conflicto no distingue entre héroes y hombres comunes.

En este punto, el poema dialoga de manera natural con Hermann Hesse, particularmente con Siddhartha: la idea de que el conocimiento, la experiencia o incluso la belleza no garantizan paz.  Comprender no es sinónimo de reconciliarse.  El viaje interior, como el exterior, no concluye; se habita, se transforma, se recicla.

Walcott parece decirnos que los clásicos acompañan, iluminan y dan forma a nuestro caos, pero no lo absuelven.  No hay final feliz.  Troya sigue ardiendo en cada decisión humana, no como una ciudad, sino como el origen de una fisura en la piel.  El mito no es refugio: es espejo.

Tal vez por eso el poema no ofrece cierre.  Porque volver a casa no significa llegar, y vivir no consiste en resolver la emoción, sino en aprender a sentirla… sin huir de ella.



Regresar (poema)

En ocasiones 

una vela cansada

cruza mis islas interiores

no sé si se avanza

o aprende a inclinarse ante la luz


He sido el que parte

y el que espera


Padre en la memoria

esposo en la promesa

el hombre dividido entre el llamado

y la responsabilidad de volver


La nostalgia no da paz

Solo repite nombres

en el trinar de las aves

en el sabor amargo de las uvas

que cuelgan del tiempo

como un oído atento 

a la culpa.

Hay guerras que no terminan

No están en los muros ni en el fuego

están en esa fisura

donde el deseo te empuja

y el deber te sostiene


Unos viajan por el mar

otros sacuden el polvo de su calzado

antes de entrar a casa

Es la misma travesía

Los libros enseñan a mirar

los mitos nos acompañan

pero no nos salvan


El conocimiento consuela

la experiencia afila

y aun así el alma

no encuentra reposo definitivo


Tal vez vivir sea eso

caminar entre dos orillas

sin prometer reconciliación

aceptar que el regreso

no es un lugar

es una pregunta

que aprende a respirar.



Kimer Ed-Enríquez

Regresar (poema I)

En ocasiones 

no sé si se avanza

He sido el que parte

Padre en la memoria

La nostalgia no da paz

Hay guerras que no terminan

y el deber te sostiene

Unos viajan por el mar

Es la misma travesía

pero no nos salvan

El conocimiento consuela

Tal vez vivir sea eso

aceptar que el regreso

no es un lugar

que aprende a respirar.

Regresar (poema II)

En ocasiones 

una vela cansada

y el que espera

Solo repite nombres

que cuelgan del tiempo

como un oído atento 

a la culpa.

No están en los muros ni en el fuego

donde el deseo te empuja

otros sacuden el polvo de su calzado

Los libros enseñan a mirar

la experiencia afila

no encuentra reposo definitivo

caminar entre dos orillas

sin prometer reconciliación

que aprende a respirar.


Kimer Ed-Enríquez

Regresar (poema III)

En ocasiones 

cruza mis islas interiores

o aprende a inclinarse ante la luz

el hombre dividido entre el llamado

y la responsabilidad de volver

en el trinar de las aves

en el sabor amargo de las uvas

están en esa fisura

antes de entrar a casa

los mitos nos acompañan

y aun así el alma

es una pregunta

que aprende a respirar.




Kimer Ed-Enríquez



viernes, 30 de enero de 2026

Cer-t-eza



En la edad exacta de mis años

—esa donde el tiempo ya no es—

sigues

no como recuerdo
como presencia

 

No lo sé

Nunca lo supe

 

Las palabras se quedaron quietas

y aprendieron

a sonar

hacia adentro

 

Eco

trino suave

entre capas de tiempo

pulso que no envejece

en el silencio
donde dices sin decirlo

mi nombre

 

Dónde estás

cereza intacta
dónde brillas

tu sabor a origen
de saciedad

 

No lo sé

Como no sé

dónde quedó el lunar

que buscaba mi boca

ni el sitio exacto
donde tus labios

me enseñaron

que besar
también es quedarse

 

Dónde estás

cuando no estás

 

En qué instante

dejaste de mirarme

 desde cuál

me sigues mirando

 

Es verdad

no lo sé       

Pero esta vez

no me importa

Porque hay certeza

no necesita forma

 

estás en mí

como el aire en el pecho

como luz

en párpados cerrados

 

Estás
Aunque no te veas

Aunque nunca vuelvas

 Y eso

—amor—
ha sido suficiente.

 

Certeza

En la edad exacta de mis años

sigues

como presencia

No lo sé

Las palabras se quedaron quietas

hacia adentro

Eco

pulso que no envejece

mi nombre

Dónde estás

dónde brillas

de saciedad

No lo sé

Como no sé

dónde quedó el lunar

me enseñaron

que besar

también es quedarse

Dónde estás

En qué instante

me sigues mirando

Es verdad

Pero esta vez

Porque hay certeza

estás en mí

como luz

Estás

Aunque no te veas

Y eso

ha sido suficiente.


 Certeza

En la edad exacta de mis años

—esa donde el tiempo ya no es—

no como recuerdo

Nunca lo supe

y aprendieron

a sonar

trino suave

en el silencio


donde dices sin decirlo

cereza intacta

tu sabor a origen

que buscaba mi boca

donde tus labios

cuando no estás

dejaste de mirarme

no lo sé

no me importa

como el aire en el pecho

en párpados cerrados

Aunque nunca vuelvas

—amor—
ha sido suficiente.

 

Certeza

En la edad exacta de mis años


entre capas de tiempo

ni el sitio exacto 

                    desde cuál 

                    no necesita forma

ha sido suficiente.

 


Kimer Ed - Enríquez