Sí, duermo.
Pero no como ustedes,
que se entierran cada noche
en la costumbre
como si descansar
fuera ensayar la muerte.
Yo
duermo porque el cuerpo lo exige,
porque hasta el éxtasis necesita tregua,
porque incluso la sombra
debe tenderse un instante
antes de volver a ser sombra.
Pero
este mundo…
en realidad no me importa demasiado.
He
sido y soy parte de él,
eso es innegable.
Algo —o alguien— me arrojó aquí:
a este pequeño patio,
a estas manos tibias,
a este vaivén entre el hambre y la caricia.
Y
no me quejo:
hay ciertas comodidades
en domesticar al doméstico.
Ustedes,
los humanos,
son criaturas extrañas:
frágiles, aparatosas,
tiernas a ratos,
ridículas casi siempre.
Se
creen dueños de la casa
porque cierran puertas,
sin darse cuenta
de que habitan
el lado equivocado.
A
veces me acarician
y los dejo creer que han sido elegidos.
A veces me llaman
y giro apenas una oreja
para recordarles la distancia.
No
conviene darles demasiado:
una costumbre excesiva los vuelve demandantes
y, cuando uno les retira el privilegio,
se ofenden.
Son
así:
confunden afecto
con posesión.
Pero
bastan dos ronroneos,
un roce en la pierna,
una mirada apenas inclinada,
y ya los tienes rendidos:
sirviendo mi tazón,
cambiando el agua del bebedero,
abriendo la ventana
por donde ensayo
mi doctrina
mi
verdadera forma.
Entonces
salgo.
El
techo me reconoce.
La noche no me pregunta nada.
Camino
por la orilla,
cola arriba,
como quien lee el filo del mundo
sin miedo a caer, como ustedes,
en un destino
construido a la medida
de su encierro.
Mientras
abajo
sus vasallos caninos
declaran una guerra inútil con la garganta.
Me
encanta provocarlos:
dejarles la furia,
la espuma,
la cadena del impulso.
Corren,
ladran, amenazan,
y yo sólo dibujo con las patas
la ruta exacta
que jamás podrán comprender.
Desde
arriba los miro también a ellos,
a mis humanos,
quietos tras la ventana,
encendidos por dentro
como peces tristes
en un acuario de muebles.
Ahí
están:
mirando la vida
como si ocurriera en otra parte.
Se
levantan, comen, hablan, duermen,
repiten el día
hasta gastarlo,
hasta volverlo una correa invisible.
Han
perfeccionado
el arte miserable
de existir sin vivir.
No
los entiendo del todo.
Tienen
manos para tocar el mundo
y prefieren las rejas del hábito.
Tienen
ojos
y los usan para mirar
la misma pared del tiempo.
Tienen
puertas,
calles,
cielos,
preguntas…
y aun así eligen
la obediencia del reloj,
la ceremonia gris de la rutina,
la lenta domesticación del alma.
Quizá
por eso,
de vez en cuando,
les traigo algo de la calle:
una pluma,
un insecto roto,
un trozo de noche en el hocico,
como quien deja a los dioses menores
una prueba del mundo real.
No
es regalo.
Es recordatorio.
Y
sí, lo sé.
Mis parientes más orgullosos
dirían que he manchado la dignidad
dejándome querer por criaturas torpes.
Tal
vez.
Pero
incluso yo comprendo
que toda forma de vida
necesita, a veces,
un rincón tibio
donde curarse del mundo.
Lo
que nunca haré
es entregarles mi final.
Siempre
será mejor
morir lejos.
Apartado
de su compasión torpe,
de su ternura tardía,
de esa mirada larga
con la que intentan retener
lo que nunca supieron amar.
Morir
lejos, sí.
Donde
el cuerpo vuelva a la noche sin testigos,
cuando incluso la última vida
se niegue a pertenecer.
Donde
no haya manos
queriendo domesticar el misterio.
Donde
uno pueda ver caer el sol
y apagarse con él,
sin deberle a nadie…
ni el último maullido.
Kimer
Ed.
Marzo/2026



