Cuando cayó, se escuchó un sonido sordo sobre el asfalto. Sangre
con masa blanca salpicó mi cara y sentí un sabor a hierro húmedo entre mis
labios que no hice por escupir porque lo que estaba viendo era aún más
impactante.
Seres pequeños con figura
humanoide de color azul oscuro, salían de los oídos de aquel cuerpo que yacía
inerte sobre la avenida; eran decenas los que se aventaban desde uno de sus oídos
hacia al piso; (en realidad no era mucha la distancia porque su cráneo había
quedado prácticamente aplastado)
Los ojos de la víctima
parecían moverse por dentro como gelatina en movimiento; pero en realidad eran esos seres que se revolvían
dentro de lo poco que había quedado de cabeza.
Uno de ellos alcanzó a verme y
mostrando pequeños y afilados dientes me señaló unos segundos, pero al ver que
no me movía, continuó su camino detrás de los demás.
En fila, uno a uno, se
dirigieron hacia la llanta del auto que se había detenido tras el cadáver
destripado que estaba frente a él; los pequeños seres azules, lo abordaron con gran rapidez. La persona a volante que había quedado
impresionada por el cuerpo que había visto caer, no reaccionaba, pero al cabo de
unos minutos, volteó a mirarme con ojos totalmente negros y sin importar que el
cuerpo que había caído del sexto piso y estaba frente a su auto, lo aplastó y
arrastró varios metros dejándole embarrado mientras se alejaba
Cuando al fin reaccioné, limpié
mi cara, escupí y observé hacia la calle donde se perdía el auto. La pesadilla no
había terminado.
Sobre esa gran avenida, comenzaron a caer cuerpos desde las alturas. Como si alguien los estuviese lanzando o como si hubiese un suicidio colectivo…
Sobre esa gran avenida, comenzaron a caer cuerpos desde las alturas. Como si alguien los estuviese lanzando o como si hubiese un suicidio colectivo…
Curiosamente en la esquina donde
estaba yo, no se veía caer gente.
El miedo invadió mi cabeza con un
pensamiento… La persona que había visto…
¿Había sido el primero o el
último en caer en esa esquina?
Mi horror no terminaba. A lo lejos de la calle donde habían caído
diversos cuerpos, alcanzaba a ver una mancha negra moviéndose rápidamente hacia
donde me encontraba y delante de ella, personas que huían despavoridas hacia donde yo
… sí, eran esos extraños seres azules.
… sí, eran esos extraños seres azules.
Comencé a correr sin olvidar que
Karla, mi novia, esperaba en la otra acera de la avenida paralela… cuando llegué a ella, ahí estaba, inmutada,
como si no viera el caos que se estaba formando a su alrededor; sin verme, pero
viéndome… me abrazó, dijo palabras que
no entendía y… después de unos segundos, no supe más…
En las alturas, sobre el filo de un edificio, todo se volvió calma y de un
color blanco lechoso con colores intermitentes ante mi mente confusa;
por momentos y en un recorrer de imágenes lentas, el sol asomaba cayendo sobre un
ocaso hermoso teniendo como fondo uno de los horizontes más bellos que hubiera
visto en mi corta vida...
A la vez y a gran velocidad se
recorrían imágenes, recuerdos, sonidos, colores… y de vez en vez, se detenían nuevamente… yo
solo sonreía… cuando podía me
preguntaba… por qué puedo ver el ocaso,
el horizonte;
--¿Dónde me encuentro?...
¿Karla?... ¿Dónde estamos?... ¿Por qué
tu cabello se mueve tanto?...
–Vuela… cero
--¿Qué dices?
– Volemos... uno
--Sí, volemos…
Sin más, el horizonte que veía
junto a Karla, se apagó entre ceros y unos... ceros y unos que dibujaron una última imagen de asfalto rojizo y pegajoso… después, se apagó por completo.
Pedro Eduardo


