Encontrar
una razón para explicar un suceso triste o alegre,
en
ocasiones depende de fuerzas desconocidas...
para nosotros... para cualquiera.
Kimer
Ed.
Jugaba en los dinteles celestiales.
Su cuerpo estaba hecho de una esencia cristalina, suave e intangible
como el perfume de la belleza misma. Sus
ojos eran tan especiales que maravillaban a los ángeles de Dios y, aunque la
mirada de esa comunidad celestial tuviera mucho en común, los ojos de este ángel
destacaban por mirar más allá… de los
dinteles celestiales.
A principios de marzo de aquel
año, en una hermosa tarde con cielo de azul intenso, aire fresco corriendo por
las nutridas copas de árboles llenas de aves, en ese pueblito pintoresco del
norte de la república mexicana y sur de Coahuila, entre Saltillo y Torreón,
donde los nogales tiran nueces, las granadas pintan de carmesí los caminos, los
aguacates son robados por los niños más atrevidos y los viñedos crecen
esperando fermentar los mejores vinos del mundo, cantaban las campanas de la catedral
a una mujer que ese día se unía al amor de su vida vestida de blanco.
Esa mujer, aunque sencilla y
común a las pueblerinas de ese lugar, destacaba por tener un don en sus ojos, el
brillo que emanaba de ellos era celestial, lleno de luz, halos de energía se
sentían al estar junto a ella y cualquiera a su lado se extasiaba de santa paz inexplicable,
al sentir su alma proyectada por sus ojos, a cada mirada, llena de amor y misericordia
para con sus semejantes, siempre optimista a donde quiera que miraran sus ojos,
eran amor… tanto que, una tarde intensamente azul , sucedió lo inesperado.
Al estar tendiendo la ropa
recién lavada, miró al cielo que mágicamente se pintaba de mil colores por un
momento. Solo fue una mirada. Se sintió inmensamente feliz y creyó que era necesario
agradecer, aunque no supiera de qué se trataba; por unos segundos se había
sentido desfallecer y pensó: “qué rara emoción”
En el cielo aquella esencia
espiritual siempre inquieta, había cometido un error al traspasar con su mirada
los dinteles celestiales. Sus maravillosos
ojos no lo pudieron evitar. Se sintió
aturdido por un momento. Solo fue una mirada, dijo. Sumamente interesado por algo que nunca había
visto desde esa cámara celestial que le era ocasión de dolor y sentimiento
desconocidos, decidió pedir su misión …
en el destino humano.
Su ángel guardián le dio un “no”
definitivo. Le expuso además que era uno
de los seres consentidos de Dios única y exclusivamente a los servicios divinos
dirigidos al y por el Señor. Aquel ángel
al no entender lo que sucedía en el interior de su esencia comenzó a llorar. Su ángel guardián queriéndolo consolar, le
dijo: “Tal vez terminado el periodo
decretado por el Señor, podrías escoger el camino que quieras, pero...” el llanto del pequeño ser lloró, lloró y
lloró. En su pequeña espiritualidad no cabía la idea de ver pasar el tiempo sin
saber lo que provocaba aquel sentimiento por lo menos una vez más. ¡Solo
una vez más!, ¡Sólo una vez más!, se repetía a cada momento; comprendió el
porqué de prohibirles mirar a esas ventanas que, casualmente miraban hacia un
espacio conocido como Tierra. Pero ahora, ese sentimiento le envolvía
completamente de tristeza y amargura… y así lloró, lloró y siguió llorando; esa
alegría que envolvía su cámara azul se fue tornando gris oscuro… y eso a la
vista de Dios, llamó su atención.
-
Qué te ocurre pequeño mío. Tú el más pequeño de mis pequeños.
-
Padre, la fuerza de mis ojos han atravesado
los dinteles celestiales, he visto algo maravilloso, extraño… Pero hermoso, e
hiriente a la vez, duele. Tú eres bueno
conmigo, Padre, porque lo has permitido, pero si tú quisieras…
-
No sigas.
– el Señor lo
interrumpió- Conozco la razón. Tú eres designio por y para mi…
-
Padre, -el ser pequeño rogaba- sería solo un momento, si tu quisieras… sólo un momento y regresaría.
-
El ir a ese mundo no es como imaginas, no pertenecemos
en este momento, ni somos parte de esos destinos y, hablas de un momento…, al
regresar, se podría causar el mismo dolor o mayor al que tú sientes ahora…
-
Padre, por favor, sería sólo un momento…
El Señor, al mirar su cristalina
y pequeña figura, empañada por el llanto sincero de su alma, pero también viendo
la fuerza de su convicción en cada palabra pronunciada, a pesar de su estatus
celestial, dijo…:
-
Sea.
A un mes posterior a la boda, aquella
mujer supo que estaba en cinta. No lo
esperaba, de hecho, era una agradable sorpresa por el tipo de control que según
pensaba, supervisaba de manera puntual. Según
dijeron los recién casados entre risas, acaso
Dios así lo quiso; sonriendo y felices de lo que había acontecido
inmediatamente en sus cabezas comenzaron a planear la llegada del bebé,
pensando en la necesidad de una recamara más, fantaseando si sería niño o niña,
qué nombre le pondrían, tal vez el de él o el de ella, ¡no, el de tu mamá no!;
qué sería de grande, a dónde lo llevarían cuando tuviera cierta edad y si acaso
fuera ingeniero, estrella de cine, científico o gay, a mí no me importaría, dijo ella… a mí tampoco, dijo él… no me conoces
bien aún… en medio de risas, besos y
abrazos, llenos de emoción e incertidumbre, en ella atravesó un pensamiento
cual una centella de nostalgia que no entendía… pensó: “¿Ya comenzaron los achaques?”.
Y el día llegó.
No habían pasado más de siete
meses cuando llegaron las contracciones a la media noche. Con una configuración humana, aquel pequeño
ser que ya no lo era, no podía resistir la tentación de mirar aquellos ojos que
le cautivaran una tarde de cielo inmensamente azul. Al tener conciencia de sí misma (era niña), y
al verse en el vientre tibio pero acuoso de donde sólo escuchaba extraños pero
hermosos ruidos, quiso ver cuanto antes lo que en ese lugar no podía sentir de
igual forma.
Fue tan rápido. En el silencio de
esa madrugada se escuchaban pasos a prisa y gritos opacos entre ruidos
pronunciados anunciando la llegada repentina de un integrante más de la familia;
el marido entusiasmado y con los nervios hechos nudo, corría por toda la
recámara y sala buscando la maleta que había puesto en un lugar estratégico
para el gran día sin darse cuenta de que aún no traía los pantalones puestos.
Ya
en el hospital, ese pequeño ser angelical, al verse en esa configuración humana
aun desconocida, supo que contaba con muy poco tiempo. Le habían parecido eternos los últimos días y
deseaba ver a su madre frente a frente.
Ese era su fin último, ya la había escuchado, olido, sentido, fundido
toda su esencia hasta su alma…. Pero las cosas se veían mal, había un
sentimiento de angustia y cierto dolor desconocido… y pensaba ¿así es con los humanos?… y gritaba…
pero no le escuchaban… Sólo faltaba lo que más había deseado desde aquella vez a
través de los dinteles celestiales:
mirarle una vez más a los ojos... y hablarle.
Y nació.
En ese momento de grandeza donde
el dolor se confunde con la felicidad para la madre al escuchar el llanto del
amor verdadero, la pequeña, muy pequeña bebé, aun sentía la esencia celestial
en un nuevo cuerpo. En medio de su
desesperación al verse separada de su madre imploró la ayuda del Dios todo
poderoso. Pero nada ocurrió y agotada se
cerraron sus ojos. Al abrirlos
nuevamente, vio esos ojos a través de una cámara de cristal con dos agujeros
que le permitían estirar una de sus pequeñas manitas, pero… ¿cómo decirle a
mamá que sólo estaría un momento? …. ¡Cómo decirle que pertenecía al Señor y
partiría muy pronto!… Ahí estaban, esos maravillosos ojos tristes inundados de
cristales cayendo precipitadamente al piso y preguntándose sin obtener respuestas…
¿qué tienes mi niña, que quieres decirme?…
La bebé descubrió con tristeza que no podía decir nada como lo había imaginado
en aquella cámara celestial deformada en recuerdos casi imperceptibles, nada…
excepto… Tal vez si… ¡sí!... sus ojos, su mirada… aquello que les había
conectado en una tarde inmensamente azul… aquello que les había conectado en
una emoción desconocida… Y en medio del ruido de una tarde de hospital, de
sensaciones de sabia con sabor a hiel, dolor e inmenso amor, se abrió un
espacio de silencio… mudo silencio en el
que dos miradas se conjugaron en compasión, perdón y amor eternos… momento
donde mamá introdujo la mano derecha por uno de los orificios de la incubadora,
tomó su pequeña manita que inmediatamente se aferró a uno de los dedos de
aquella sensación cálida y… la mirada de
ambos seres, nuevamente, se fundió en una metamorfosis de sentimiento, ternura
y amor espiritual indescriptible… la mujer, lloró preocupada…. ¿Qué
te pasa mi amor?, ¿Qué quieres decirme con tus ojos?, la pequeña con un
rayo de luz y brillo en su mirar, al fin dijo en un esfuerzo extraordinario con
su mente: “Te amo, mamá, gracias por
estar aquí, te amo…. Tengo qué regresar… tal vez en otro cuerpo, tal vez
diferente, no lo sé… pero mi Padre está contigo, y regresaré, seré yo… te amo,
mamá, perdóname.
Al día siguiente, el pequeño ser
angelical hablaba con el Señor… le agradecía al Padre celestial por permitir
estar con esa persona a la que había conocido como su madre… aunque fuera sólo por un momento: “Entiendo
lo que me dijiste antes de partir a ese mundo; Señor… ¿Cómo podría evitar ese
sentimiento de dolor que provoqué a mi familia?… Por favor, Padre, que no sufra nadie por mi causa...
Hazles saber que regresaré, por favor, diles que volveré… que terminada mi estadía
contigo, me lo permitirás de una u otra forma… y que mientras llega ese día,
estaremos unidos en el vínculo de amor en el que nos conocimos a través de los
dinteles celestiales.
El Señor, compasivo y comprendiendo
aquel dolor, dijo: Sea.
Al poco tiempo de lo sucedido
con su bebé, esa excepcional mujer recibió un mensaje que le enviaba uno de sus
hermanos, contenía este cuento que acabas de leer, tal cual. Como nota final decía: al
saber tu sufrimiento, por la pérdida más grande de tu vida,
quise encontrarle una razón a la sinrazón… algo que explicara…. que respondiera
a un necesario “por qué sucedió” y sabes qué, Dios me iluminó.
FIN.
Pedro Eduardo
Agosto/1993