jueves, 28 de febrero de 2019

TE LEO


Te leo
respiro tus letras
A: Dulce Yael
tus puntos suspensivos
tu punto y coma.

El acento en la vocal de tu gesto
la descripción de tus labios
los sinónimos de tu beso
la prosa envuelta en tu cabello
del poema que leo en tu cuerpo
punto a punto
... y seguido
coma y ritmo,
ritmo.

Te leo
y disfruto
los verbos caramelo
que imagino
entre guiones
y paréntesis
hurgados
por la ortografía
de tu deseo.

Palabras Dulce
Dulce palabra
que leo
en el éxtasis
de la palabra...
bajo el nombre
de tu nombre

Y a él
a quién leo
en la hoja escrita
color y cuento...
de mi sentimiento,
lo hago cuento

Cuento eterno
sin un punto final...
tierno cuento
de un sentir 
al calor del invierno
hoja, lápiz,
deseo...
de te leo,
deseo
de 
te escribo.

    Pedro Eduardo
Diciembre 30, 2012.

miércoles, 27 de febrero de 2019

PARRAS, COAHUILA


Tierra
donde duermen gigantes
cuando el ocaso
  
Donde los sueños
cuando ángeles
vuelan…

Y la ilusión espera,
persiste

Cuando la noche
cerca...

Agua
de montañas
donde viajan esperanzas
cuando los hijos
regresan

Se van…
Siempre regresan.

Viento
de granadas
y aguacates
cuando el trinar entre nogales
matutino nocturnal

Parras
de colores

Olores De la Fuente
cuando los ojos
en sus uvas
su mirar…
hacen de su tierra 
agua y acequias
ojos de Dios...
dulces de leche
eternidad. 


Pedro Eduardo
Marzo 30, 2016.

sábado, 23 de febrero de 2019

PERRO POBRE


Quisiera ser un perro rico...
despertar, estirarme,
pedir a la Nana que me saque a orinar y a cagar...
olfatear traseros de nenas que vivan enfrente, 
al lado y al otro lado...
marcar territorios y ladrarles a los carteros,
olfatear el césped de mi vasta casa, 
esperar a mi dueña...
una dueña tetona a la cual pueda lamer sus bubis...
y que ella no sepa que la deseo...
dormir... 
despertar, comer, cagar y dormir...
y esperar nuevamente a mi dueña...
acostarme con ella e imaginar 
y soñar que me la tiro...
después despertar... 
mirar las estrellas, la luna, la noche....
escaparme... 
ir al cerro y, con Bosé...
espiar horizontes

Pero no. 
Soy un perro pobre...
y hoy como ayer...
tengo hambre...
hambre de amor humano.




Pedro Eduardo
  Nov. 2008


A mi Wisdom, mi perro.

jueves, 21 de febrero de 2019

PATAS DE GATO



Cuando bajé del colectivo a eso de las diez y media de la noche, me convertí.  Fue como un voltear los ojos al revés y mi pelaje provocó a la curiosidad de la noche.   Trepé lento pero ágil sobre la pared contigua a la calle que daba rumbo a lo que ya no quería que fuera mi casa.  Mis pasos en pisadas, parecían besar el piso de la azotea; mis movimientos felinos excitaron el aire que rosaba mi pelo…  era sensual.  El alumbrado que cada noche me parecía brillante y blanco, ahora se veía provocador amante rojo terciopelo, sangre cincelada piel de eternidad y verano… noche… tenue aroma a vino en labios ... vino y beso. 

Y ahí estaba; la vecina que de vez en noche, miraba a través de sus cortinas entretejidas de esperanzas falsas, (mías, por supuesto), ahora tan a mi alcance, en su bata trasparente, blanca, tocaba mi suerte. Echado sobre el techo, barbilla sobre mis garras… y su aroma en mi nariz dibujando ilusiones… el alma animal… 

Patas de puma
sobre tu espalda

Jugo azul y noche
en tu mirada

Dos gotas de estrella
en el bajo vientre

Boca
en la humedad de tu lengua y mi nariz 

Vaho de gemido

Masticado cóctel de bruja… 

El rugido de la mañana despertó mis ojos sobre la cama…  la resaca del puma convertido en alma o mi alma convertida en puma, el día aun de madrugada, tocó a la puerta del baño diario y me recordó:

eres humano… el trabajo, los libros, la escuela… 

me miré al espejo rasuradora en mano… y sonreí….
no me importa… 

Hoy tengo un espíritu de puma.


Pedro Eduardo
Sept., 2012

ESPIRAL


A Dora Araujo


Escaleras
Son así y frente a nosotros
subes o bajas
Entre azules o rojos

dejamos de ser
lo que ahora...
para ser.

Donde cantas
Oras rosas
Ríes
Aroma...

Vuelas
o ruedas
en tus notas
vas o regresas.

Importa?
en el ojo de tus pasos
miro tus ojos
beso blanco
ni azul, ni rojo
escaleras desnudas
... sentimientos.

 Pedro Eduardo
   Octubre/17


ALMA LUNA



A Nena, mi Nena preciosa.



...El lobo, ya no es estepario
su alma es luna
ella le escucha...

parte la noche
en nada
brilla
alma luna...
ilumina su dolor.

 Aúlla...
descarna,
pedazos de soledad:
niños corriendo de la mano
bicicleta y sonrisas
uvas, nueces y acequias...


Aúlla
corazón...
mojada ironía
de tiempo... Rosa...
cuánto dueles hiel?
hueles a polvo
garganta de soledad...


El Lobo solitario,
ya no lo está...

corre tras él
y casi se alcanza...

sonriente
verdad y dientes

cuando es
no deja de ser...
sonríe eterna
tumba y cenizas.

Pero ella...
Alma luna.


Pedro Eduardo
Noviembre 25, 2016.


miércoles, 20 de febrero de 2019

CON-JUGANDO (FREUD)


Interna en un sol de cuerpo y arde, (Tú)

Transpiran, dos suspiran, tres deseos (Tú, Yo (y), Ellos)

Zona y dimensión, desconocidas (Eso)

En el abismo eterno “si fueras mía” (Super-él)

Luna o sol y alta mar… o lascivia (Nuestros Ellos)


Pedro Eduardo
 Febrero/2015

martes, 12 de febrero de 2019

EQUIS I


Me siento muy afortunado de pertenecer a lo que algunos llaman la generación equis.  Supongo que nuestros padres en su momento se expresaron de la misma forma ante los abuelos y, de alguna manera estoy haciendo lo propio al atestiguar como verdadero que, “los viejos tiempos eran mejores” …  Cierto, también me certifica como una persona que ha entrado a la recta final de su vida.

Pienso en los chicos de ahora y aun no alcanzo a comprender el hecho de que se hayan perdido la oportunidad de interactuar con herramientas tan interesantes como el romántico quinqué de petróleo o las velas para iluminar un hogar sin electricidad…  ¡caray!, hay tantas anécdotas por contar, que las personas de nuestros tiempos… no imaginan.


El Quinqué
En mi casa manejamos varios modelos, el que más me gustaba, era el que estaba hecho prácticamente de cristal en su totalidad; su parte superior era tan frágil, que al tocarlo me excitaba el temor de romperlo.  En su base estaba el administrador del petróleo el cual se podía ver en sus tonos azul oscuro.  En ese entonces no sé por qué el petróleo no olía mal; recuerdo a una tía cómo se daba el placer de unos sorbos y decía que tenía un excelente sabor, por supuesto nunca lo probé.  En la parte superior del contenedor de petróleo, estaba el mecanismo de la mecha, éste era metálico; la mecha nacía desde la base donde convivía mojada con el petróleo, hacia una pequeña rendija donde era halada en forma vertical, al momento de girar con los dedos medio, índice y pulgar, la pequeña manija redonda, metálica y dentada, que sobresalía del administrador.  No medía más de unos 10 centímetros de largo.  Era de una tela entretejida y absorbía el petróleo lo suficiente como para encender e iluminar no solo el lugar, sino el momento.  El tamaño de la mecha que daba luz a una pequeña llama, tenía que ser exacto para no tronar el cristal con el que se protegía la pequeña flama de alguna ventisca.  El humo negro que se generaba al encenderlo, después de unos segundos, ya no se percibía y dejaba de molestar.  

Recuerdo que el momento de encender el quinqué, era mágico… desde levantar el cristal superior y estar atentos para que, con un cerillo enorme de madera con cabeza roja, en cuanto se encendiera, ponerlo nuevamente en su contenedor; regular la llama y así, después ver cómo pequeña e insignificante, se tornaba en una llama orgullosa de tonos azul amarillento blanco…  mágico azul… para iluminar cualquier lugar de la oscuridad… del alma…   de los chistes, historias o cuentos de terror que se antojaban al calor de las tortillas de harina blanca, frijolitos recién molidos… y café.


Llama azul
llama a luz
llama al alma

Lenta suave
titubeante

Sombras menguas
sol de cuentos
de terror

Anécdota cansada

Sol de llama
encapsulada
cárcel en cristal
en vestido azul
de la historia contada

El relato nostalgia
en un beso… 
Un adiós

Petróleo mecha
llama, cristal
eterna

Iluminas
el silencio…

Llamas del ayer
acristalada
danza suave

Iluminas...
almas
las de yeso
frijolitos
un café...

Un recuerdo.


Pedro Eduardo
Febrero 2019

domingo, 10 de febrero de 2019

TUS OJOS ME LEEN


Cuántas letras en tus ojos
cuántas palabras en tu mirada

Bosque y canto
siglos que vuelan

Conscientes de inciertos
esencia de intento...
intentos.

Talento y comparsas

Ladronas
de pluma y papel
viento y dátil
de tu piel...

Táctil y dúctil
respiro y suspiro
esencia mentira,
verdad…

Letras, exactas
palabra imperfecta
esencia descrita
en cada pliegue de tu beso…
en cada poro de tu ser…

Tus ojos… 
te amo…
me leen.


Pedro Eduardo
Abril/2012.


TARDE CITADINA

Sonríes...
y tus ojos viajan con el viento

En su reflejo
sonrío...
cabe mi alma
se abraza a tu destino

Una manzana
salsas de jugo y fresas
sopa
en una mesa, fría

Dibujo tu cuerpo
en dos pensamientos,
su aroma vibra,
la nostalgia
es abrigo de una tarde citadina

Caminas...
en tu mano y la mía
conversan nuestros dedos
abrazados...
se miran

No existe el tiempo
gente, luces y edificios
autos, gente, más gente
lluvia...
aroma a tierra mojada
nada...

Nuestras miradas
un beso dulce
suave
labios y lluvia
savia en la ciudad
savia en el alma...

Sonríes, caminas...

A mi lado, soy
y sin ti, más...
sobrevivo.

Mi mano extraña 
tus dedos
tu mano
mudas palabras
tu mirada

Tarde citadina
verso perdido
en el erotismo de su perfume
sobre una servilleta de papel...

¿Café?
¿Helado?
Bohemio...

Soy poema
sonríes
no lo crees...

                      (¿Sabes por qué?)

Pienso en ti.

Pedro Eduardo
  Marzo 2015

sábado, 9 de febrero de 2019

DE VIAJE (DE LA SERIE EQUIS)


Era una noche de lluvia constante y tupidita, y aunque, desde que tengo memoria la lluvia me gusta, la gente me abrumaba en la sala de espera.  El humo del cigarro de mi madre del cual trataba de respirar algo con toda intención, era mi única diversión en ese momento. Después de media hora, abordamos el autobús rumbo al pueblo de mi abuela.

Mi padre con trabajo acomodó dos maletas que no pudo introducir en paquetería; no sé si por vergüenza al volumen que traía o acaso porque fuera a necesitar alguna cosa durante el viaje.  Cuando todos en sus asientos comenzaban a relajarse, por fin se escuchó el arranque del autobús.  Su ronroneo, era ronco y fuerte, despacio y prolongado, la entrada de la reversa para salir de donde estaba aparcado se sentía orgullosa de sí. Con mucho cuidado y sintiendo en mis manos ese rugir, comencé a manejarlo.  Era excitante ir en el asiento reclinable, usando como palanca de velocidades el paraguas aun mojado por la lluvia que hasta ese momento no cesaba.  Primera, segunda, run, run, run… Todo estaba genial hasta entrar a carretera; mi padre, enojado, me reprendió diciendo que ya era hora de dormir.  El autobús que manejaba distraídamente con el paraguas, lo dejé en automático; el olor a desodorante de lavanda había disminuido y uno que otro comenzaba a roncar. Los chicos de los últimos asientos ya no hablaban de chicas y sus risas cambiaron a murmullos lejanos.  De entre los brazos de mi madre, tomé la chamarra roja con la que intentaba taparme; abrí cuidadosamente la cortinilla de la ventana, me acurruqué y me dispuse a contemplar la noche.  La carretera que dejaba a gran velocidad se veía triste, oscura y lejana; sin embargo, su tristeza contrastaba con la luna y las trescientos cinco estrellas que tenazmente había contado desde que habíamos entrado a carretera.   La lluvia ya no estaba.  En el horizonte se vislumbraban tenues sombras de cactáceas; soldados que hacían firmes a mi paso.  Algunos parecían decirme adiós, otros sonreían.

Mi papá dejó de leer el Selecciones del Reader’s Digest cuando mi madre terminaba su ultimo cigarrillo de la noche.  (en ese entonces se permitía fumar); Ellos creyeron que dormía cuando alcancé a ver el reloj de mi padre que eran las 2:30 de la noche; nadie puede decir lo contrario, estaba oscuro, los montes que semejaban elefantes eran negros y uno que otro león oscuro, se perdían poco a poco entre las sombras...  era de noche.  La luna que había quedado atrás, atrapada entre esos elefantes; seguramente estaba siendo tragada por el león….

Las 2:30 A.M., fue la última hora de aquella madrugada que observaron mis ojos.  Y hoy a 30 años de ese recuerdo, mirando el espejo de mi escritorio, me doy cuenta de que entre esa noche, la luna, los soldados que me saludaban, las trescientas cinco estrellas, el paraguas, el humo del cigarro de mi madre conversando con mi padre… se quedaban pequeñas imágenes de mi niñez que poco viví…  y poco recuerdo.

Pedro Eduardo
Noviembre, 89.

jueves, 7 de febrero de 2019

LA MUERTE DE CUALQUIERA

Pintura: Carlos Bárcenas

No tengo miedo...
creo en la naturaleza que te creó
creas, lo que creas
no te tengo miedo...

El yin o el yang
el vas o vienes
y si yang o si vienes
soy el vas o el yin de lo que tienes
hasta que sea
lo que aun en mí no tienes

Como era lo que no es
pero fue cuando era
en el espejo de mi naturaleza
me reflejo como ser
y no seré tuyo…
hasta que sea.

Mientras tanto
no te tengo miedo...

He sido porque soy
y seré lo que he querido
... a diferencia tuya
que eterna,
excepto en Jesús
y Frankenstein...
(según leí en algún lado)
nunca dejarás de ser…

La muerte de cualquiera...

Pedro Eduardo
Feb/2014.

miércoles, 6 de febrero de 2019

ME GUSTA SU BOCA


Me gusta su boca
en ese gesto 
cautivo el amor

Ahí
en el holocausto del vaivén
entre sonrisa y gozo
entre todo y nada
entre miel y cardo
y cerrar de labios...
de ojos
donde es, sin ser
y al final
se desvanece
lento eterno

Donde eterno
mente
recuerdo

Donde le tengo
y me tiene

Donde va y viene
más y o menos
menos y o más

Me gusta su boca
de malicia
en milicia y almohada
arcos en cama
sábanas blancas...

Donde pierden su línea
y nace 
más hermosa

Donde 
figura vampira
colmillos nocturna
y la noche en su boca
es la luz de la mía

Cuando termina
y mi amor por ella…
inicia


Me gusta su boca
cómo la enchueca
... ahí
en ese momento...
donde afuera
es adentro
y dentro
su boca y la mía

... Son.


Pedro Eduardo
Febrero/2014


lunes, 4 de febrero de 2019

HERMANN HESSE


Cuando tenía 12 años, en el contexto donde vivía, la lectura era considerada para personas que no tenían nada qué hacer; en mi caso ni siquiera imaginaba las maravillas que se encuentra en los libros.  Los que había leído en mi educación primaria se destacaban, no porque les faltara la inspiración o la curiosidad de un niño para leerlos, sino porque eran parte de una tarea por hacer y nada más.  Una tarde en la cual me había ganado unos pesos trabajando como "canastero", que consistía en ayudar a cargar las bolsas de alguna señora o señor que habían comprado sus enseres en lo que, en esos tiempos se le conocía como "mercado sobre ruedas",  y hoy conocemos como "tianguis", encontré en un puesto de revistas que estaba sobre el suelo, un libro maltratado que llamó mi atención, su nombre: "Relatos de Hermann Hesse ", blanco con vivos azules.  Leí la introducción que hablaba sobre un escritor Alemán... a grandes rasgo me parecía interesante.  O por lo menos eso fue lo que sentí en ese momento... me sentía autónomo con unas moneda en el bolsillo...  ¿cuánto cuesta?, pregunté seguro de que podría comprarlo, cinco...  Miré mi bolsillo y llevaba quince pesos, volví a ver el libro...   estaba maltratado, pero completo;  y lo compré.   Fue el primer libro comprado con mis propios recursos...   y lo amé... Hermann Hesse, mi escritor favorito cuando era un preadolescente, fue el primer autor que me llevó a conocer y amar a la lectura para siempre... en agradecimiento a ello,  ahora, a través de uno de mis relatos favoritos,  lo recuerdo para ustedes: 

EL CAMINO DIFÍCIL


Delante del desfiladero, junto a la oscura entrada rocosa, quedé vacilante y me volví mirando hacia atrás.
El sol brillaba sobre ese grato mundo verde y en los prados relucían tremolantes las pardas flores de la hierba. Allí se estaba bien, había calidez y placer amable, allí el alma vibraba en lo profundo, satisfecha como un velludo abejorro saturado de aroma y luz. Y quizá yo estaba loco por querer abandonarlo todo y disponerme a subir a la montaña. El guía me tocó suavemente el brazo. Como uno que sale a la fuerza de un baño tibio, así desprendí mis ojos del querido paisaje. Entonces vi el desfiladero que yacía en una penumbra sin sol. Un arroyito negro se arrastraba al pie de la hendidura y en sus orillas la hierba crecía descolorida en pequeños racimos; y en su fondo se lavaban piedras de colores ya muertos, pálidas como los huesos de los seres que alguna vez estuvieron vivos. «Descansemos un poco», dijo el guía.

Sonrió pacientemente y nos sentamos. Hacía fresco, y de la rocosa entrada venía una silenciosa corriente de aire sombrío, pétreo y frío.
¡Qué desagradable parecía iniciar ese camino! Desagradable resultaba atormentarse a través de ese lúgubre paso de piedra, cruzar ese arroyo frío, trepar en tinieblas por el desfiladero estrecho y escarpado. «El camino parece detestable», dije titubeando. Dentro de mí, como una lucecita moribunda, aleteaba la esperanza vehemente, increíble e insensata, de que quizá pudiéramos volver atrás, de que el guía se dejase persuadir y que finalmente se nos ahorrara todo esto. Y en realidad, ¿por qué no? ¿No era acaso mil veces más hermoso el lugar de donde veníamos? ¿No fluía la vida allí más rica, más cálida y estimable? ¿Y acaso no era yo un hombre, un ser ingenuo y efímero con derecho a un poquito de dicha, a un rinconcito de sol, a una vista llena de azul y de flores?
No, yo quería quedarme. No tenía ganas de hacerme el héroe o el mártir. Pasaría toda mi vida satisfecho si pudiera quedarme en el valle bajo el sol.  Entonces comencé a tiritar; en ese lugar era imposible permanecer mucho tiempo.  «Te estás helando», dijo el guía, «es mejor que nos vayamos.» Dicho esto se levantó, se estiró cuan largo era y me miró sonriente. Ni burla o compasión ni dureza o indulgencia existían en su sonrisa. En ella no había sino comprensión y sabiduría. Esta sonrisa decía: «Te conozco. Conozco tu miedo, sé lo que sientes y no he olvidado para nada tu fanfarronería de ayer y de anteayer. Cada desesperado brinco de liebre cobarde que ahora da tu alma y cada coqueteo con la amable luz del sol me son conocidos y familiares desde antes de que los pusieras en ejecución.»
Con esa sonrisa me estuvo mirando el guía, y luego se adelantó dando el primer paso hacia el oscuro valle rocoso; y entonces lo odié y lo amé como un condenado ama y odia el hacha sobre su nuca. Pero más que otra cosa yo odiaba y despreciaba su saber, su dominio y frialdad, su carencia de debilidades gratas. Y odiaba en mí mismo todo aquello que le otorgaba la razón, incluso lo que admitía de él, lo que en mí quería seguirlo.
Ya había dado muchos pasos hacia adelante, a través .de las piedras del negro arroyo, y estaba a punto de desaparecer tras el primer recodo del barranco... «¡Detente!», exclamé lleno de tal miedo que no tuve más remedio que pensar: sí. Esto fuera un sueño, en este mismo instante mi espanto lo destruiría y yo volvería a despertarme. «Detente», volví a decir, «no puedo, no estoy preparado todavía.» El guía se detuvo y miró en silencio hacia mí, sin un reproche, pero con aquella tremenda comprensión, con aquella sapiencia, presentimiento y ese saber-de-antemano tan difíciles de soportar.
Prefieres que volvamos?», preguntó entonces, y todavía no había terminado de decir la última palabra, cuando ya sabía yo, muy a pesar mío, que le diría que no, que debía negarme. Y al mismo tiempo, todo lo viejo, acostumbrado, amado y familiar gritaban desesperadamente dentro de mí: «¡Di que sí, di que sí!» Y mi patria y el mundo entero colgaban de mis pies como una bola.
Y yo quería decir que sí, aunque sabía bien que me sería imposible.  Entonces, con su mano extendida, el guía me señaló hacia el valle, atrás, y yo me volví nuevamente hacia a amada región. Y ahora vi lo más penoso que podía ocurrirme: mis queridos valles y llanuras yacían pálidos y desanimados bajo un sol sin fuerzas; los colores sonaban falsos y chillones, las sombras parecían llenas de negro hollín y sin encanto. Y a todo se le había extirpado el corazón, a todo le había sido sustraído el encanto y el aroma, todo tenía el olor y el sabor de las cosas de las que uno se ha indigestado hasta las náuseas. ¡Oh, qué bien conocía yo aquello, cómo temía y odiaba esa espantosa modalidad del guía de hacerme despreciar lo que me era querido y agradable, de hacer que se escaparan su savia y espíritu, de falsificar los aromas y de envenenar silenciosamente los colores! ¡Ah, ya conocía yo todo eso: lo que ayer fuera vino hoy se convertía en vinagre! Y nunca más el vinagre se convertiría en vino. Nunca más.
Callé y seguí al guía lúgubremente. Él tenía razón, como siempre. Y todo no resultaría tan malo si por lo menos permaneciera cerca de mí y visible, en vez de desaparecer de improviso -como a menudo hacía- cuando había que tomar una decisión, dejándome solo... solo con aquella voz extraña dentro de mi pecho en la que se había transformado.
Yo callaba, pero mi corazón gritó fervorosamente: «¡Quédate un instante, ya te sigo!» Las piedras del arroyo eran desagradablemente resbaladizas; era agotador, daba vértigo andar así, paso a paso sobre una piedra estrecha y mojada que se achicaba y cedía bajo las suelas. Cerca de allí el sendero del arroyo empezaba a elevarse rápidamente, y las sombrías paredes del desfiladero convergían más, se extendían hoscas, y cada una de sus aristas mostraba la intención maligna de querer apretarnos con sus pinzas y cortarnos para siempre el camino de regreso. Sobre verrugosas peñas amarillas fluía espesa y viscosa una capa de agua. El cielo, la nube y el azul habían desaparecido sobre nosotros.
Marché y marché detrás del guía, y a menudo cerraba los ojos del miedo y la repugnancia que sentía. Una oscura flor al borde del camino se irguió entonces, aterciopeladamente negra y con una mirada melancólica. Era hermosa y me habló con familiaridad. Pero el gula caminaba deprisa y yo sentía que si llegaba a bajar la vista una sola vez hasta ese triste ojo de terciopelo, entonces mi aflicción y desesperada pesadumbre serían tan onerosas e insoportables, que mi espíritu permanecería siempre proscripto en esa sarcástica región del absurdo de la demencia.  Mojado y sucio continué arrastrándome, y cuando las húmedas paredes se iban cerrando sobre nosotros, el guía comenzó a cantar su vieja canción de consuelo. Con voz juvenil, clara y firme cantaba al compás de sus pasos palabras: «¡Quiero, quiero, quiero!» Yo sabía que él quería animarme, que deseaba ahuyentar de mí el ingrato esfuerzo y el desconsuelo de ese viaje infernal. También sabía que él esperaba que uniera mi voz a la suya. Pero yo no quería tal cosa, no quería concederle esa victoria. ¿Acaso tenía yo algún deseo de cantar? ¿Y no era yo un hombre un pobre tipo que había sido arrastrado contra su voluntad hacia cosas y hechos que Dios no podía explicarle? ¿No podía permanecer cada clavel y cada nomeolvides junto al arroyo, allí donde estaba, y florecer y marchitarse según los dictados de su naturaleza? «¡Quiero, quiero, quiero!», cantaba el guía sin cesar. ¡Oh, si hubiese podido regresar! Pero, con la ayuda asombrosa del guía, hacía tiempo que trepaba por los paredones y sobre los precipicios, para los que no existía ningún camino de vuelta. El llanto me ahogaba por dentro, pero no podía llorar, eso menos que nada. De manera que me uní con voz fuerte y porfiada al canto del guía, con su mismo compás y tono, pero yo no cantaba lo que él, sino esto: «i Debo, debo, debo!» Sólo que no era fácil cantar mientras trepaba, y pronto perdí el aliento y jadeando me vi obligado a callar. Pero él prosiguió cantando incansablemente: «¡Quiero, quiero, quiero!», y con el tiempo llegó a obligarme a que cantara lo mismo que él. Ahora la subida empezó a mejorar, y sentí que ya no debía, sino que quería hacerlo. En cuanto a fatigarme por causa del canto, nada de eso sentía ya. Entonces se hizo una mayor claridad en mi interior, y a medida que esa claridad aumentaba, retrocedió también la roca alisada; se hacía más seca, más benigna, ayudaba a menudo al pie inseguro, y sobre nosotros se fue mostrando más y más el claro cielo azul, ya como un arroyuelo azul entre las márgenes de piedra, ya como un pequeño lago azul que creciera ganando anchura. Probé a querer con mayor fuerza y concentración, y el lago celestial siguió creciendo y el sendero se hizo más transitable. Y hasta podía correr un largo trecho ligero y grácil junto al guía. E inesperadamente vi la cercana cumbre sobre nosotros, empinada y resplandeciente entre el ardiente aire del sol.
Algo más abajo de la cima interrumpimos nuestra subida a gatas y salimos de la estrecha hendidura. El sol entró con fuerza en mis ojos enceguecidos, y al abrirlos de nuevo, las rodillas me temblaron de angustia, pues me veía aislado y sin apoyo en la empinada cresta mientras me rodeaba un espacio celeste sin límites y sólo se erguía delante de nosotros la angosta cima. Pero de nuevo había cielo y sol, y así asistidos escalamos, palmo a palmo, con los labios apretados y la frente contraída, la cuesta angustiosa. Por fin estábamos arriba, sobre un estrecho peñasco candente, en medio de un aire duro, burlón y sutil.
Era una montaña singular, y singular también era su cima. En aquella cúspide, a la que trepáramos por interminables y desnudas paredes de piedra, había brotado de la piedra un árbol pequeño y compacto con algunas ramas breves y vigorosas. Allí estaba, inconcebiblemente solo y extraño, recio y tieso sobre la roca, el frío, azul del cielo entre
sus ramas. Y en lo más elevado del árbol se posaba un pájaro negro que cantaba una canción áspera.
Sueño silencioso de un descanso breve, bien arriba mundo: el sol llameaba, la piedra ardía, el árbol miraba rígida y severamente, el pájaro cantaba con aspereza. Su áspera canción se llamaba: «¡Eternidad, eternidad!». El pájaro negro cantó, y sus ojos relucientes y duros nos miraron como si fueran un cristal negro. Difícil de soportar era esa mirada, difícil de soportar era su canto, y terrible, sobre todas las cosas, la soledad y el vacío de esos parajes, la extensión de los desiertos espacios celestes que producía vértigo. Morir allí era una delicia inimaginable; permanecer, un tormento sin nombre. Alguna cosa tenía que ocurrir, pronto, al instante. De otro modo, nosotros y el mundo quedaríamos petrificados por el horror. Sentí entonces el hálito opresor y ardiente de algo que iba a suceder, como las ráfagas de viento antes de la tempestad. Lo sentí revolotear sobre mi cuerpo y sobre alma como una fiebre ardiente. Amenazaba, se acercaba... ya estaba aquí.
De pronto el pájaro se balanceó desde la rama y se precipitó al espacio. Mi guía dio un salto y se arrojó al azul, cayó en el cielo palpitante, voló. Ahora la ola del destino se hallaba en su apogeo, ahora arrebató mi corazón, ahora se deshizo sin ruido.
Y yo caía, me precipitaba, saltaba, volé; agarrotado en el frío torbellino del aire, me sentí feliz y estremecido por la tortura del deleite a través del infinito, hacia el seno materno.

Hermann Hesse

1877-1962

LEÑA, SALCHICHAS Y BOMBONES (Solo Adultos)


En ese lugar no solo había zonas para acampar, también había cabañas, alquilamos una.  Un hermoso paisaje nos acompañaba en tonos verdes y olores a campo, bosque y madera.  Sonidos de arroyo y aves trinando, nutrían el sentimiento de estar a su lado por primera vez… solos; tomados de la mano, sin escondernos de nadie, excepto de nuestros propios tabúes que, en ese lugar, se fueron difuminando…
“libres, solos, tú y yo”.

Ella sabía que el lugar se destacaba por una poza de agua natural en la que, contaba una leyenda, en sus andanzas y ratos libres, el Rey Moctezuma de la gran Tenochtitlán, se daba saludables chapuzones.  No quisimos quedarnos con la duda, y después de preguntar si es que nosotros podríamos hacer lo propio, caminamos monte arriba.  El canto del arroyo se escuchaba cerca, así que nos dejamos guiar por ese canto que me parecía mágico al caminar junto a ella. 
Piedras resbaladizas, una caída natural de agua y dos parejas de enamorados que jugaban, nos recibieron con una sonrisa de… no se imaginan la que les espera…; Cierto, la poza no solo era un espejo cristalino de agua dulce, estaba helada…. Pero a su lado todo era calor y color; en la sonrisa angelical de su mirada, profundizaban sus recuerdos cuando era pequeña y con sus padres, había disfrutado de ese lugar en el que, me confesaba, había nacido una fantasía… hacer el amor de noche, junto al canto de un río... entre grillos y cocuyos… amor, amar.

Después de nadar, compramos leña, salchichas, bombones, ocote para facilitar encender la leña, comimos algo ligero y en la cabaña, solos, hicimos el amor; nos bañamos, y ya entrada la noche entre naranjas ocaso de cielo azul oscuro, salimos a jugar con el fuego.

El momento era delicioso, no recuerdo si había estrellas, pero las vi.  En una de las cabañas aledañas, teníamos vecinos no muy gratos… pero no interrumpieron nuestra interacción con el fuego, los bombones, la leña, las salchichas y una charla amena…

Ojos, mirada y fuego
vibrando en besos
sonrisas cereza
aroma a piel 
y fantasías


El fuego consumió la leña que habíamos comprado; después de otro baño para quitarnos el hollín y olor a leña quemada de nuestros cuerpos, ambos caímos rendidos.  No sé cuánto tiempo después de estar dormidos, quise moverme… Y en un susurro me dijo que la tenía muy firme… Sus ojos brillaban como dos estrellas en un horizonte de invierno… En sus labios asomó de entre la noche un tenue color carmesí de mentas y coco… Su nariz parecía latir emoción… Las manos comenzaron a moverse en una danza suave de vaivén armonioso.  Aventé la sábana al suelo, pero ella me dijo tenue, sin dejar de tocarme, no, espera, más lento… Un preludio suave, fresco, dátil-táctil, tiempo y ritmo, miel de almas sumisas a los anhelos dormidos…  Acariciamos la eternidad de los minutos que estábamos saboreando.

La respiración, aceleraba. La sensación de noche fresca y suave en una corriente de viento que asomaba por la ventana abierta, cambió… el mundo se fue haciendo imperceptible; el fuego interior se hizo ardiente… el ambiente… lascivia… la noche, cerezas, manos, falo y vagina… lenguas trenzadas en furiosas sensaciones de espíritus queriendo salir de sus cuerpos para hacerse uno y  tocarse en la intangible esencia de sus mundos… de sus muslos y los míos.  Cabalgaba la noche sobre el azabache de su cabello en furiosas arremetidas, sus senos de leche volando sobre mi pecho, tocando su cadera en increíbles movimientos de mar y sunamis entre ah, y ah, ah y más ah… Ah's desvanecidos... Hasta explotar en un interminable grito y suspiro… Suspiros…. Besos, suaves y tibios suspiros…

Menta y coco

Azabache azul ocaso
fantasías
Arroyuelo cristal
Besos de almas
Cereza…


Y ahí, sobre la cama, desfallecian dos seres de amor en uno… Los ruidos de sus cuerpos fueron cambiando en ecos de lejanos y suaves cantos taciturnos: ríos y bosque… Grillos y cocuyos…  
La noche cayó a plenitud.  Noche en la que, no recuerdo si hubo estrellas, pero las vi… Noche que cobijó tibiamente la eternidad y la miel de su cuerpo de leche y cereza con mi ser… en mi memoria. Noche que encapsuló como cumplida… lo que había sido... su fantasía.

Pedro Eduardo
Feb/2008