
Cuando tenía 12 años, en el contexto donde vivía, la lectura era considerada para personas que no tenían nada qué hacer; en mi caso ni siquiera imaginaba las maravillas que se encuentra en los libros. Los que había leído en mi educación primaria se destacaban, no porque les faltara la inspiración o la curiosidad de un niño para leerlos, sino porque eran parte de una tarea por hacer y nada más. Una tarde en la cual me había ganado unos pesos trabajando como "canastero", que consistía en ayudar a cargar las bolsas de alguna señora o señor que habían comprado sus enseres en lo que, en esos tiempos se le conocía como "mercado sobre ruedas", y hoy conocemos como "tianguis", encontré en un puesto de revistas que estaba sobre el suelo, un libro maltratado que llamó mi atención, su nombre: "Relatos de Hermann Hesse ", blanco con vivos azules. Leí la introducción que hablaba sobre un escritor Alemán... a grandes rasgo me parecía interesante. O por lo menos eso fue lo que sentí en ese momento... me sentía autónomo con unas moneda en el bolsillo... ¿cuánto cuesta?, pregunté seguro de que podría comprarlo, cinco... Miré mi bolsillo y llevaba quince pesos, volví a ver el libro... estaba maltratado, pero completo; y lo compré. Fue el primer libro comprado con mis propios recursos... y lo amé... Hermann Hesse, mi escritor favorito cuando era un preadolescente, fue el primer autor que me llevó a conocer y amar a la lectura para siempre... en agradecimiento a ello, ahora, a través de uno de mis relatos favoritos, lo recuerdo para ustedes:
EL CAMINO DIFÍCIL
Delante del
desfiladero, junto a la oscura entrada rocosa, quedé vacilante y me volví mirando
hacia atrás.
El sol brillaba sobre
ese grato mundo verde y en los prados relucían tremolantes las pardas flores de
la hierba. Allí se estaba bien, había calidez y placer amable, allí el alma vibraba
en lo profundo, satisfecha como un velludo abejorro saturado de aroma y luz. Y quizá
yo estaba loco por querer abandonarlo todo y disponerme a subir a la montaña. El
guía me tocó suavemente el brazo. Como uno que sale a la fuerza de un baño
tibio, así desprendí mis ojos del querido paisaje. Entonces vi el desfiladero
que yacía en una penumbra sin sol. Un arroyito negro se arrastraba al pie de la
hendidura y en sus orillas la hierba crecía descolorida en pequeños racimos; y
en su fondo se lavaban piedras de colores ya muertos, pálidas como los huesos
de los seres que alguna vez estuvieron vivos. «Descansemos un poco», dijo el
guía.
Sonrió pacientemente
y nos sentamos. Hacía fresco, y de la rocosa entrada venía una silenciosa
corriente de aire sombrío, pétreo y frío.
¡Qué desagradable
parecía iniciar ese camino! Desagradable resultaba atormentarse a través de ese
lúgubre paso de piedra, cruzar ese arroyo frío, trepar en tinieblas por el desfiladero
estrecho y escarpado. «El camino parece detestable», dije titubeando. Dentro de
mí, como una lucecita moribunda, aleteaba la esperanza vehemente, increíble e
insensata, de que quizá pudiéramos volver atrás, de que el guía se dejase
persuadir y que finalmente se nos ahorrara todo esto. Y en realidad, ¿por qué
no? ¿No era acaso mil veces más hermoso el lugar de donde veníamos? ¿No fluía
la vida allí más rica, más cálida y estimable? ¿Y acaso no era yo un hombre, un
ser ingenuo y efímero con derecho a un poquito de dicha, a un rinconcito de
sol, a una vista llena de azul y de flores?
No, yo quería
quedarme. No tenía ganas de hacerme el héroe o el mártir. Pasaría toda mi vida
satisfecho si pudiera quedarme en el valle bajo el sol. Entonces comencé a tiritar; en ese lugar era
imposible permanecer mucho tiempo. «Te
estás helando», dijo el guía, «es mejor que nos vayamos.» Dicho esto se
levantó, se estiró cuan largo era y me miró sonriente. Ni burla o compasión ni
dureza o indulgencia existían en su sonrisa. En ella no había sino comprensión
y sabiduría. Esta sonrisa decía: «Te conozco. Conozco tu miedo, sé lo que sientes
y no he olvidado para nada tu fanfarronería de ayer y de anteayer. Cada desesperado
brinco de liebre cobarde que ahora da tu alma y cada coqueteo con la amable luz
del sol me son conocidos y familiares desde antes de que los pusieras en ejecución.»
Con esa sonrisa me
estuvo mirando el guía, y luego se adelantó dando el primer paso hacia el
oscuro valle rocoso; y entonces lo odié y lo amé como un condenado ama y odia
el hacha sobre su nuca. Pero más que otra cosa yo odiaba y despreciaba su
saber, su dominio y frialdad, su carencia de debilidades gratas. Y odiaba en mí
mismo todo aquello que le otorgaba la razón, incluso lo que admitía de él, lo que
en mí quería seguirlo.
Ya había dado muchos
pasos hacia adelante, a través .de las piedras del negro arroyo, y estaba a
punto de desaparecer tras el primer recodo del barranco... «¡Detente!», exclamé
lleno de tal miedo que no tuve más remedio que pensar: sí. Esto fuera un sueño,
en este mismo instante mi espanto lo destruiría y yo volvería a despertarme.
«Detente», volví a decir, «no puedo, no estoy preparado todavía.» El guía se
detuvo y miró en silencio hacia mí, sin un reproche, pero con aquella tremenda
comprensión, con aquella sapiencia, presentimiento y ese saber-de-antemano tan
difíciles de soportar.
Prefieres que
volvamos?», preguntó entonces, y todavía no había terminado de decir la última
palabra, cuando ya sabía yo, muy a pesar mío, que le diría que no, que debía negarme.
Y al mismo tiempo, todo lo viejo, acostumbrado, amado y familiar gritaban desesperadamente
dentro de mí: «¡Di que sí, di que sí!» Y mi patria y el mundo entero colgaban
de mis pies como una bola.
Y yo quería decir que
sí, aunque sabía bien que me sería imposible.
Entonces, con su mano extendida, el guía me señaló hacia el valle,
atrás, y yo me volví nuevamente hacia a amada región. Y ahora vi lo más penoso
que podía ocurrirme: mis queridos valles y llanuras yacían pálidos y desanimados
bajo un sol sin fuerzas; los colores sonaban falsos y chillones, las sombras
parecían llenas de negro hollín y sin encanto. Y a todo se le había extirpado
el corazón, a todo le había sido sustraído el encanto y el aroma, todo tenía el
olor y el sabor de las cosas de las que uno se ha indigestado hasta las
náuseas. ¡Oh, qué bien conocía yo aquello, cómo temía y odiaba esa espantosa
modalidad del guía de hacerme despreciar lo que me era querido y agradable, de
hacer que se escaparan su savia y espíritu, de falsificar los aromas y de envenenar
silenciosamente los colores! ¡Ah, ya conocía yo todo eso: lo que ayer fuera vino
hoy se convertía en vinagre! Y nunca más el vinagre se convertiría en vino.
Nunca más.
Callé y seguí al guía
lúgubremente. Él tenía razón, como siempre. Y todo no resultaría tan malo si
por lo menos permaneciera cerca de mí y visible, en vez de desaparecer de improviso
-como a menudo hacía- cuando había que tomar una decisión, dejándome solo...
solo con aquella voz extraña dentro de mi pecho en la que se había
transformado.
Yo callaba, pero mi
corazón gritó fervorosamente: «¡Quédate un instante, ya te sigo!» Las piedras
del arroyo eran desagradablemente resbaladizas; era agotador, daba vértigo andar
así, paso a paso sobre una piedra estrecha y mojada que se achicaba y cedía
bajo las suelas. Cerca de allí el sendero del arroyo empezaba a elevarse
rápidamente, y las sombrías paredes del desfiladero convergían más, se
extendían hoscas, y cada una de sus aristas mostraba la intención maligna de
querer apretarnos con sus pinzas y cortarnos para siempre el camino de regreso.
Sobre verrugosas peñas amarillas fluía espesa y viscosa una capa de agua. El
cielo, la nube y el azul habían desaparecido sobre nosotros.
Marché y marché
detrás del guía, y a menudo cerraba los ojos del miedo y la repugnancia que
sentía. Una oscura flor al borde del camino se irguió entonces, aterciopeladamente
negra y con una mirada melancólica. Era hermosa y me habló con familiaridad.
Pero el gula caminaba deprisa y yo sentía que si llegaba a bajar la vista una
sola vez hasta ese triste ojo de terciopelo, entonces mi aflicción y
desesperada pesadumbre serían tan onerosas e insoportables, que mi espíritu
permanecería siempre proscripto en esa sarcástica región del absurdo de la
demencia. Mojado y sucio continué
arrastrándome, y cuando las húmedas paredes se iban cerrando sobre nosotros, el
guía comenzó a cantar su vieja canción de consuelo. Con voz juvenil, clara y
firme cantaba al compás de sus pasos palabras: «¡Quiero, quiero, quiero!» Yo sabía
que él quería animarme, que deseaba ahuyentar de mí el ingrato esfuerzo y el desconsuelo
de ese viaje infernal. También sabía que él esperaba que uniera mi voz a la suya.
Pero yo no quería tal cosa, no quería concederle esa victoria. ¿Acaso tenía yo algún
deseo de cantar? ¿Y no era yo un hombre un pobre tipo que había sido arrastrado
contra su voluntad hacia cosas y hechos que Dios no podía explicarle? ¿No podía
permanecer cada clavel y cada nomeolvides junto al arroyo, allí donde estaba, y
florecer y marchitarse según los dictados de su naturaleza? «¡Quiero, quiero,
quiero!», cantaba el guía sin cesar. ¡Oh, si hubiese podido regresar! Pero, con
la ayuda asombrosa del guía, hacía tiempo que trepaba por los paredones y sobre
los precipicios, para los que no existía ningún camino de vuelta. El llanto me ahogaba
por dentro, pero no podía llorar, eso menos que nada. De manera que me uní con
voz fuerte y porfiada al canto del guía, con su mismo compás y tono, pero yo no
cantaba lo que él, sino esto: «i Debo, debo, debo!» Sólo que no era fácil
cantar mientras trepaba, y pronto perdí el aliento y jadeando me vi obligado a
callar. Pero él prosiguió cantando incansablemente: «¡Quiero, quiero, quiero!»,
y con el tiempo llegó a obligarme a que cantara lo mismo que él. Ahora la subida
empezó a mejorar, y sentí que ya no debía, sino que quería hacerlo. En cuanto a
fatigarme por causa del canto, nada de eso sentía ya. Entonces se hizo una
mayor claridad en mi interior, y a medida que esa claridad aumentaba,
retrocedió también la roca alisada; se hacía más seca, más benigna, ayudaba a
menudo al pie inseguro, y sobre nosotros se fue mostrando más y más el claro
cielo azul, ya como un arroyuelo azul entre las márgenes de piedra, ya como un
pequeño lago azul que creciera ganando anchura. Probé a querer con mayor fuerza
y concentración, y el lago celestial siguió creciendo y el sendero se hizo más
transitable. Y hasta podía correr un largo trecho ligero y grácil junto al
guía. E inesperadamente vi la cercana cumbre sobre nosotros, empinada y resplandeciente
entre el ardiente aire del sol.
Algo más abajo de la
cima interrumpimos nuestra subida a gatas y salimos de la estrecha hendidura.
El sol entró con fuerza en mis ojos enceguecidos, y al abrirlos de nuevo, las
rodillas me temblaron de angustia, pues me veía aislado y sin apoyo en la empinada
cresta mientras me rodeaba un espacio celeste sin límites y sólo se erguía delante
de nosotros la angosta cima. Pero de nuevo había cielo y sol, y así asistidos escalamos,
palmo a palmo, con los labios apretados y la frente contraída, la cuesta angustiosa.
Por fin estábamos arriba, sobre un estrecho peñasco candente, en medio de un
aire duro, burlón y sutil.
Era una montaña
singular, y singular también era su cima. En aquella cúspide, a la que trepáramos
por interminables y desnudas paredes de piedra, había brotado de la piedra un
árbol pequeño y compacto con algunas ramas breves y vigorosas. Allí estaba, inconcebiblemente
solo y extraño, recio y tieso sobre la roca, el frío, azul del cielo entre
sus ramas. Y en lo
más elevado del árbol se posaba un pájaro negro que cantaba una canción áspera.
Sueño silencioso de
un descanso breve, bien arriba mundo: el sol llameaba, la piedra ardía, el
árbol miraba rígida y severamente, el pájaro cantaba con aspereza. Su áspera canción
se llamaba: «¡Eternidad, eternidad!». El pájaro negro cantó, y sus ojos relucientes
y duros nos miraron como si fueran un cristal negro. Difícil de soportar era esa
mirada, difícil de soportar era su canto, y terrible, sobre todas las cosas, la
soledad y el vacío de esos parajes, la extensión de los desiertos espacios
celestes que producía vértigo. Morir allí era una delicia inimaginable; permanecer,
un tormento sin nombre. Alguna cosa tenía que ocurrir, pronto, al instante. De
otro modo, nosotros y el mundo quedaríamos petrificados por el horror. Sentí
entonces el hálito opresor y ardiente de algo que iba a suceder, como las
ráfagas de viento antes de la tempestad. Lo sentí revolotear sobre mi cuerpo y
sobre alma como una fiebre ardiente. Amenazaba, se acercaba... ya estaba aquí.
De pronto el pájaro
se balanceó desde la rama y se precipitó al espacio. Mi guía dio un salto y se
arrojó al azul, cayó en el cielo palpitante, voló. Ahora la ola del destino se
hallaba en su apogeo, ahora arrebató mi corazón, ahora se deshizo sin ruido.
Y yo caía, me
precipitaba, saltaba, volé; agarrotado en el frío torbellino del aire, me sentí
feliz y estremecido por la tortura del deleite a través del infinito, hacia el
seno materno.
Hermann Hesse
1877-1962