La lluvia era de esas con las que mi madre se quejaba diciendo “no molestan, pero cómo chingan”. Y aunque la frase parece contradictoria, no lo es; porque la lluvia de esa noche no molestaba, pero los estragos que hacía a las afueras del pueblo eran terribles. Cuando menos lo imaginas, se desborda el arroyo por la “venida” arrastrando animales, difuntos, cosas, casas, árboles, etc.
Era de esas noches de lluvia tupidita donde ir a dormir era la mejor opción. Aunque fuera temprano. La tormenta había interrumpido la transmisión televisiva y no había telenovelas, por lo tanto, mi madre habiendo terminado sus quehaceres, optó por apagar las luces y mandarnos a la cama. Yo, citadino de nacimiento, que cada noche para mis tareas académicas después de la cena me quedaba a buscar en la radio, “radio mil”, con música diferente a la única estación local y que dejaba de dar servicio a las 19:00 Hrs., exactas, tuve que hacer lo propio.
Con trece de edad, en plena adolescencia, debía dormir en el cuarto donde había muerto años atrás mi tía Chave, pero juro que nunca tuve miedo de dormir ahí. En ese cuarto que era sólo para mí, por la adolescencia que menciono, había dos camas, una grande y un catre pequeño donde yo, bajito de estatura, cabía perfectamente; ese era mi lugar preferido. En esa recámara, había también un ropero, una mecedora, una mesita pequeña, un baúl enorme, Etc., todo antiguo. Sobre la pared de la cama grande había un cuadro con una fotografía en blanco y negro donde aparecía una mujer de pie con un atuendo negro y vivos blancos; otro cuadro que estaba sobre la pared de mi catre aparecía también en blanco y negro una pareja de adultos; en la pared cerca de la ventana, un “Sagrado Corazón de Jesús” iluminado perpetuamente por una veladora que mi abuela cambiaba cada que estaba a punto de terminarse. La noche era perfecta para leer, pero a pesar de la hora, no hubo mucho tiempo. Ahora sabrán por qué.
Mi cuarto quedaba al final de la casa. La única ventana de mi recámara daba hacia la huerta. Para evitar malas impresiones, lo mejor era cerrarla bien por las tardes, junto con las cortinas que cubrían todo el exterior, porque si lo hacías por las noches, y te asomabas hacia esa huerta, en verdad que daba escalofríos ver hacia afuera.
Sin sueño tomé dos de cuatro libros que tenía esperando a ser leídos: Cuentos de amor, locura y muerte de Horacio Quiroga y Pedro páramo de Juan Rulfo. Dejé a Poe y Hesse para una mejor ocasión. Leí “El almohadón de plumas”, “La gallina degollada” “a la Deriva” y cuando extasiado iba a la mitad de Pedro Páramo, se fue la luz. La lluvia no cesaba. En medio de la oscuridad, un estruendo de rayo terrible resonó en medio de la noche. La veladora que contrastaba su débil luz iluminando tenuemente el cuadro del sagrado corazón de Jesús se movió bruscamente. Tuve miedo. Posterior al rayo se escuchó un aullido prolongado de un gato rompiendo el silencio de mi cuarto y de repente se apagó la veladora.
Nunca había observado la cama grande que estaba a la izquierda de mi catre, y en ese momento no iba a hacerlo a pesar de haberlo pensado. Por primera vez en los meses que llevaba durmiendo ahí, veía cómo la cortina de la ventana se movía lentamente como si ésta no estuviera bien cerrada. Me levanté del catre donde estaba recostado y me senté. Por supuesto, sin desearlo, tuve que ver la cama grande de mi Tía Chave, y por primera vez me pregunté con cierto temor, en cuál cama habría muerto. Al querer voltear al catre donde estaba recostado leyendo momentos antes, un escalofrío recorrió mi espalda, no quise voltear.
Inmediatamente cambié mi pensamiento y quise levantarme a verificar si la ventana estaba bien cerrada, pero al percatarme de que la veladora estaba apagada, recordé que mi abuela decía que esa veladora la tenían encendida siempre, porque en ese cuarto había muerto mi Tía Chave, y una forma de dar luz a los muertos hasta que decidieran irse de este mundo, era mantener esa veladora encendida.
- ¿O sea que si se apaga puede que mi Tía Chave aun esté paseando por ahí, en el cuarto? - dijo mi hermana volteando a verme con una sonrisa traviesa y malvada. Y mi abuela siguiéndole la corriente dijo,
- Así es. Pero no te preocupes, hijo, yo la voy a mantener siempre encendida; a tu tía le gustaba mantener alumbrado a su Corazón de Jesús. Y desde que tengo memoria, después de su muerte, en paz descanse, nunca se ha apagado; yo no voy a ser la excepción, decía.
En eso estaba. Hundido en mis pensamientos sentado en mi catre y viendo hacia la cama grande y sintiendo cómo a cada segundo aumentaba mi miedo. De repente tocaron a la puerta: toc, toc, toc. Más espantado que nunca regresé a mi cama y me cobijé hasta la cabeza. La puerta se abrió lentamente y yo asomé un ojo por entre las cobijas que, en medio de la oscuridad, no servía de mucho, pero vi la silueta de mi abuela más jorobada de lo normal que entraba lentamente diciendo:
- Soy yo hijo.
Dio unos pasos hacia donde estaba la veladora, y sacó de entre sus ropas una caja grande de cerillos de madera; encendió uno y se apagó, encendió otro y su perfil se iluminó y yo cobijado hasta la cabeza sólo asomando un ojo, le dije:
- Abue, ¿podrías checar si la ventana está bien cerrada? Porque hace rato se movió la cortina.
Cuando acercó el cerillo a la veladora, un rayo de estruendo y luz iluminó todo el perfil de su rostro que se veía más acabado de lo normal. Volví a taparme por completo. La Abuela no me contestó. Escuché como dio unos pasos y se sentó en la mecedora; eso no lo vi, pero estoy seguro de que así fue porque la mecedora comenzó a rechinar como cuando yo me sentaba en ella. Me volví a asomar. Y efectivamente ahí estaba sentada, volvió a encender un cerillo y a su vez un cigarro, con el cual a cada fumada se iluminaba parte de su rostro. Recordé que la abuela había dejado de fumar, pero no le di importancia. La puerta estaba abierta y le pregunté:
- ¿No tienes frio, Abue? Después de un rato, me contestó con una voz más pausada de lo normal:
- Por supuesto, desde entonces tengo frio. Y le daba una fumada a su cigarro.
Y tú, dime, ¿te gusta esa cama?
- Sí Abue, es de mi tamaño y la siento más cómoda que la grande
- A mí también me gustaba. Cuando murió Roque, decidí que lo mejor era dormir ahí; hasta cambié los cuadros.
- Quién era Roque, abuela... -No contestó. A cada fumada, veía su medio rostro iluminado; cuando no me contestó, nuevamente un rayo iluminó toda su silueta y volteó a mirarme bruscamente… Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo y lleno de horror me di cuenta de que no era mi abuela. Recordé que esa cara la había visto en uno de los cuadros. Ese cuadro estaba en la cabecera de mi pared. Con mucha fuerza nuevamente agarré las cobijas hacia mí y no quise moverme. Pero la curiosidad me venció. Quería cerciorarme de que esa persona a la que había visto en la mecedora, ahí sentada, por increíble que pareciera, fuera la misma del cuadro; mi Tía chave, con su marido Roque.
Lentamente me fui asomando hacia la pared de mi cabecera y vi claramente, no supe cómo, el cuadro: y ahí, donde había visto siempre a dos personas, solo estaba una. Yo sin poder contenerme di un fuerte grito lleno de miedo y me asomé a la mecedora. Ya no había nadie, pero la puerta seguía abierta. Me levanté presuroso y sin ver hacia afuera, cerré la puerta y puse la aldaba, corrí hacia mi catre y al momento de sentarme para volver a cobijarme por completo, ¡oh, Dios todo poderoso!, grité nuevamente mucho muy espantado, NOOOOOOO, en la cama grande se veían dos bultos grandes cobijados como si estuvieran durmiendo. Sin pensarlo dos veces, quise salir corriendo de ahí, pero en ese momento llegó la luz y yo… Abría mis ojos… Ah, gracias a Dios, al parecer, todo había sido una horrible pesadilla.
Más tranquilo, regresé a mi catre y no quise apagar la luz. Pero me di cuenta de que la veladora estaba apagada, así que dispuesto a ir por los cerillos a la cocina, me di cuenta de que estaban a un lado del cuadro, los tomé y la encendí, pero al momento de apagar el cerillo y ponerlo sobre el cenicero que estaba en la mesa, ¡oh sorpresa!, vi tres cerillos apagados. Por instinto y el miedo hasta el culo, miré hacia la cama grande deseando no encontrarme con lo que había visto en mi pesadilla. Gracias a Dios no estaban los bultos que había visto antes, pero al momento de sentarme en el catre, me percaté de que las almohadas y las cobijas de la cama grande, estaban destendidas… Sin pensarlo me metí hasta el fondo de las cobijas y juré por todos los santos no volver a leer Pedro Paramo de Juan Rulfo, nunca más.
FIN
Kimer Ed
Noviembre 1°, 2021
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