I.- Si te llena, es porque
te falta.
“Cuando miro a los
perros dormir, veo en ellos una paz tan desapegada a lo que somos como seres
humanos, que me llena verlos”. Eso lo he dicho varias veces.
Y si me llena es porque…
¿A caso hay un vacío dentro de mí? ¿Por qué me gusta ver los ojos, nariz
mojada, cara enjuta, de sonrientes caninos?, ¿Qué es lo que veo en ello, que me
hace falta?
Ver llover también me
llena. Igual, un día me pregunté cuál
sería el verdadero motivo por el que me gusta tanto, sobre todo después de una
temporada de sequía cuando maravillado por su aroma y color me detengo a
contemplarla con un sentimiento parecido al de una mirada perdida en una noche
estrellada de invierno; o aquel cuando las palabras danzan sobre hojas blancas y
entornan el lápiz que sin borrador se retuerce en los labios esperando el aliento
de un anhelo o quimera no escritos.
II.- Divinos
Platón dice en sus Diálogos
que el cuerpo es la parte humana y el alma la parte divina. En el Antiguo Testamento de la Santa Biblia,
concretamente en el Génesis 3, se habla de Adán y Eva, la manzana del árbol de
la sabiduría, la serpiente, Etc., donde son desterrados del “paraíso”
porque Adán decide probar del árbol de la sabiduría… los animales no. Bajo estas premisas muy personales, comprendo
que los animales existen sin ese pesar que es la consciencia; observe lo que estoy diciendo, “pesar”. A partir
de que tenemos consciencia, dejamos de pertenecer a lo que nos hace divinos,
excepto por el alma, único vínculo que tenemos con “algo superior” existente en
el universo.
Cuando siento el placer
de ver llover y su repercusión en la gente, cuando veo a los perros dormir
gozando de su santa paz espiritual cuando veo la lejanía en el horizonte, la
montaña, la luna en una noche estrellada… Soy yo el que anhela regresar al
sentimiento de esa paz universal que se dejó en un paraíso desconocido.
III.- Robar esencias
De pequeño con no más
de 12 años, me gustaba pararme en el balcón de la casa donde vivía. Ahí solía robar la sonrisa de las señoras
jóvenes que pasaban por la calle con movimientos naturales, pero para mí
candentes. Ellas notaban ciertamente
que esa mirada morbosa era ridícula venida de un chico de tan corta edad; pero si
se daban cuenta de esa acción, también les provocaba “algo” y sentía
cómo desprendían “eso” que aún no sé qué es, pero sé que existe y que yo
en verdad disfrutaba robando.
Hasta ahora, cuando por
alguna buena circunstancia lo hago y me resulta propio, en verdad que me llena
el alma. Es tan rico robar una sonrisa de
alguien que te gusta… Una mirada.
IV,. De cómo descubrí
que Dios nos abandonó
En alguna ocasión me
castigaron en mi trabajo; el castigo consistía en limpiar el piso de un salón
de eventos diariamente. Yo había
olvidado hacer ese tipo de tareas porque en mi casa normalmente hay quién las
haga, así que en un principio sufrí con las formas de maniobrar la escoba, jerga,
medida exacta de limpia-pisos en el agua, Etc.,
Sin embargo, en
cuestión de días, me llamó mucho la atención que llevaba un ritmo en el manejo con
la jerga y el halador sencillamente extraordinarios: rítmicos y exactos. Había un vaivén impresionantemente armónico. La metodología en la cantidad de agua, las
medidas exactas de limpiador y cloro, la forma de introducir el mechudo en el
balde de agua, sacarlo y llevar a cabo la acción de limpieza, Etc., se hicieron
no solo exactos, sino estratégicos para la optimización de recursos y energía
utilizados.
Pero… ¿quién diablos me enseñó eso?, ¿cómo lo logré
sin instructivo alguno?
Mi conclusión fue
definitiva. ¡¡Somos seres divinos
creados por un Dios o Diosa o ambos, todo poderosos, que posteriormente nos
abandonaron, aquí, en la Tierra!! Porque… ¡¡¿Por qué diablos me dejarían un alma
que aprendiera en tan corto tiempo a limpiar con pasos rítmicos, medidas
exactas de cloro, pino y agua, estrategias y formas de acción, sin saber prácticamente
nada al respecto?!!...
V.- Eso
¿Cuál es el motivo por
el cual no me cansa mirar las noches estrelladas de invierno, la luna de
noviembre, el ocaso, la lluvia, los perros dormir?
Sencillo, ahora lo veo: no pertenecemos a este mundo, pertenecemos a
un todo que está disperso en nuestra consciencia… consciencia que
constantemente se busca a sí misma en lo que existe afuera y no adentro.
Lo siento, aún no le he
puesto nombre, pero saber e imaginar que lo lees, me satisface y llena el alma
que, sin embargo, nunca dejará de sentirse vacía de... “eso” que algunos llaman
energía.
Pedro Eduardo
Julio 2019.

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