En un valle rodeado de montañas, había un dojo llamado Ollin Kai muy conocido por formar karatecas de gran valentía y sabiduría. Cada cierto tiempo, los estudiantes debían cruzar un puente colgante que unía dos acantilados; un puente que no solo desafiaba el equilibrio y la fuerza, sino también el valor y determinación de cada practicante.
Aquel puente, aunque seguro, era viejo y tenía tablas sueltas, cuerdas desgastadas y estaba en el lugar exacto donde el frio y el fuerte viento lo sacudían de forma constante. Sin embargo, todos sabían que cruzarlo no era solo una prueba de valor y de sus habilidades, sino un reflejo de su crecimiento como karatecas.
Como cada cierto tiempo, el Maestro reunió a sus estudiantes y les dijo que había llegado el momento de cruzar el puente. Todos, desde el más joven hasta el más experimentado, se habían preparado para la travesía. Sabían que, aunque el puente seguía siendo el mismo, ellos… Ya no lo eran. Cada uno había entrenado duro, enfrentado sus miedos y aprendido a confiar en sus habilidades.
El primero en cruzar fue Luis, un joven lleno de energía, pero a veces impulsivo. Al principio, avanzó confiado, pero a medida que el viento soplaba más fuerte y el puente se balanceaba, empezó a dudar. Agarrado fuertemente de las cuerdas del viejo puente, cerró sus ojos y recordó entonces las palabras del Maestro: —Cada paso que des, hazlo con el corazón, no con la prisa de tus impulsos.— Con esta enseñanza en mente, Luis tomó un respiro profundo, abrió sus ojos y avanzó con calma, hasta llegar al otro lado.
Luego fue el turno de Kamila, una estudiante que siempre había sido cuidadosa y meticulosa. Al sentir la fragilidad del puente bajo sus pies, su mente se llenó de pensamientos negativos sobre lo que podría salir mal. Sin embargo, recordó los momentos en los que había superado obstáculos en el dojo, y cómo había aprendido a mantener la mente en calma y el cuerpo firme. Con esa paz interior, Camila cruzó el puente sin titubear.
Por último, cruzó Jesús, el más veterano de los estudiantes. Para él, este cruce tenía un significado especial, pues sabía que cada paso sobre el puente era una metáfora de su vida no solo como karateca, sino como guerrero. El puente con sus desafíos era un recordatorio de que el camino nunca es fácil, pero que cada paso dado con sabiduría y determinación te lleva más cerca de convertirte en la mejor versión de ti mismo. Jesús caminó con una sonrisa serena, y al llegar al otro lado, comprendió que había superado no solo el puente, sino a sí mismo.
Cuando todos hubieron cruzado, el Maestro les habló:
—Hoy, cada uno de ustedes ha demostrado su valía, no solo por sus habilidades, sino por la personalidad que han reflejado en sus decisiones. Este puente no es diferente a los exámenes que enfrentamos; no se trata solo de llegar al otro lado, a un nuevo grado o una cinta diferente. Lo esencial está en el cómo llegas, en lo que aprendes en el camino, en cómo creces y en quién te conviertes al cruzar el verdadero sendero, el de la vida cotidiana. Eso, queridos alumnos... Es como cruzar, el puente del Do—.

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