Ayer la enterraron. Grandes eminencias católicas del pueblo le acompañaron cuando la llevaban a su funeral. Mi suegra le llamaba el último paseo. Una de mis tías se encargó de los cantores y quienes acompañaran los rezos mortuorios; Juan, su hijo y sacerdote de la familia, pronunció una misa nunca antes escuchada. Dicen que cuando el féretro era descendiendo a su perpetuidad, los nogales tiraron sus últimas nueces.
Al principio no sentí nada.
En ese momento en que la enterraban, vino a mi mente el Barranco; así le llamaban a esa parte del pueblo donde vivimos algunos años, mis hermanos, mi madre y mi abuela. Las casas se encuentran sobre las paredes de lo que antes fue un arrollo. Ya no lo es. De hecho, ahora el asfalto se ha comido sus calles de tierra; y los coches halados por caballos cada vez son menos. Aun así, en las esquinas de una que otra cada casa, se nota el sufrimiento de un adobe carcomido por los siglos y un sol de medio día. Casas de adobe viejo con huertas a sus espaldas de cada pequeña revolución... "¡Qué revolución fue grande en México!", le gritaba mi Abuelo a la Abuela cuando quería hacerla enojar... A mi abuelo no lo conocí, el murió mucho antes que yo naciera... Qué bueno que no vivió ese momento en que la enterraban.
Después de muchos años de fallecido mi abuelo, mis hermanos le hacían bulla con Don Juanito, el vecino. Hombre anciano pero de gran presencia: barba y bigote de un blanco frondoso, brazos fuertes y peludos, poca panza y piernas encorvadas, siempre con su "Texana" negra, sombrero que acompaña a todo hombre que se hace llamar norteño, Era el cuidador de las grandes huertas propiedad de unos "gringos" según comentaba mi propia abuela.
En esas huertas jugamos a las "escondidas", cuando eramos pequeños, Don Juanito y su esposa nos daban permiso y denotaban alegría cuando nos veían llegar... Imagino que les recordábamos a sus hijos o nietos quienes ya no vivían con ellos; cuando terminábamos de jugar, casi siempre nos regalaban aguacates y nueces para llevarle a la abuela, a nosotros nos regalaban repostería: figuras de galletas con azúcar espolvoreada; la repostería acompañada de un rico café de olla, era todo un agasajo para las tardes de tareas académicas.
Los fines de semana el verdadero despertador, era el olor del chorizo con huevo y las tortillas de "yeso" que acompañadas con frijolitos sazonados con tiritas de cebolla bien acitronadas hacía del desayuno una bendición.
Entre semana mi abuela solía madrugar, escoba y mechudo nos despertaban poco a poco para ir a la escuela, mi madre le hacía segunda con el desayuno. No me imagino lo que hacían mi abue y mi madre durante las horas de nuestro estudio, pero a la llegada del colegio, los pisos se encontraban impecables y relucientes por el petróleo del mechudo; la cocina con los trastos viejos, llenos de pulcritud y la radio con la única estación de radio local en la sección de complacencias; madre preparando la comida que siempre olía deliciosa. Después de comer, mi abuelita nos hacía dar gracias a Dios y entonces podíamos ir corriendo a jugar antes de hacer tareas.
Después de recoger y lavar los trastos, mi abue se servía un vaso de coca-cola, encendía el televisor, sintonizaba el canal de las estrellas se sentaba en una de las "mecedoras" , tomaba gancho y estambre y se ponía a tejer hasta la hora de la cena... la hora del café. Por alguna razón a todos se les olvidaba servirme café, excepto a mi abuela que después de sorber el suyo, se daba cuenta y me preguntaba, quieres que te sirva café, hijo?... a ella no se le olvidaba.
Mi abuela con sus telenovelas, reía o lloraba, pero se sabía las secuelas de casi todas ellas. Sin embargo, en semana Santa, se perdía de la telenovela estelar de las 19:00 a 20:00 Hrs., Era la hora del rezar el Rosario. En esos días eran invitados mis tios a rezar con todos nosotros. Mi abuela decía que era bueno acercarnos a Dios en familia. A mi también me gustaba que los invitaran, era una de las pocas ocasiones en que estaban todos los Morales reunidos. Yo tenía el pretexto para recibir algunas monedas o divertirnos con los chistes que contaba mi tío Tomás. Nos daba mucha risa cuando se le salía un pedo y le echaba la culpa a alguno de nosotros. Mi tío Ángel era considerado el rico de la familia, tal vez porque sus monedas nunca me faltaba en las visitas como esas. Mi tio Juan no dejaba pasar la ocasión para recordarme lo peligroso que era el alcohol sobre todo en la Ciudad de México, adonde pensaba irme al término de mi carrera comercial. Mi madre se esmeraba en atenderles, reír y convivir con todos ellos... y por supuesto, ver la posibilidad de recibir alguna ayudada para los gastos de la abuela que no percibía un ingreso extra.
En los últimos días de su vida, todos tuvimos la oportunidad de verla por ultima vez. Mis hermanos y yo, ya vivíamos en la Ciudad de México, a excepción de mi madre que la acompañó hasta sus últimos días de vida. Esa última vez que le visitaba, agosto, feria de la uva, tuve el honor de platicar largamente con ella. Me confesó sobre sus antepasados, que eran de San Luis Potosí y Zacatécas, que una de sus abuelas había sido monja católica y que se había enamorado de un General Revolucionario, que por azares del destino habían llegado a Parras para quedarse a vivir por siempre.
Me contaba que cuando era niña, ese pueblo estaba constituido por Haciendas y que donde ellos vivieron era precisamente la Hacienda del Rosario; cuna de los Madero y por supuesto de uno de los más grandes Presidentes de México, Don Francisco Ygnacio Madero.
El frente de esa casa, daba hacia una de las entradas principales de lo que fuera la más importante empresa del Parras; la Compañía Industrial de Parras, Sociedad Anónima, CIPSA, empresa mezclillera que importaba mezclilla a todo el mundo. Ahora, por interese bizarros de los hijos, de los hijos, de aquellos que fueran dueños, ha quedado en la ruina...
Ahí, frente a esa casa, recuerdo varias veces a las enormes máquinas ferrocarrileras que llegaban a dejar materia prima o transportar Mezclilla. Un gran silbato al que llamábamos "el pito de la fábrica", marcaba los horarios de entrada y salida de trabajadores y no fueron pocas las veces que me dio santas espantadas.
Decía mi abuela que su mamá, le contó cómo le tocó ver llegar a los Dorados de Villa en uno de esos ferrocarriles; ya sea para llevarse a los muchachos o las muchachas, "pa la bola", siempre y cuando quisieran ir por su "volunta", no a la "juerza"; recordaba como a ella y a sus hermanas, las escondían en el sótano para evitar que se las robaran o por si, alguna de ellas, quisiera irse con uno de los Dorados de Villa. Aun así me decía con cierta nostalgia, que una de sus primas, un día decidió irse y nunca más se supo de ella.
También me contó historias extraordinarias que, de no venir de la protagonista, nunca las hubiera creído. Me dijo que una vez la embrujaron; cuando le pregunté sobre lo que le habían hecho, me dijo muy solemne, que ella nunca se dio cuenta, pero según las personas que le ayudaron, que ella se tomaba de los tobillos y caminando, se iba al monte del "ojo de agua", a mugir como vaca, que rumiaba y no quería regresar a su casa, que así se estuvo durante horas hasta que le pagaron a otra bruja, que era blanca, para que deshiciera el hechizo y la protegiera para siempre... Esa protección estaba, según decía, hecha para cinco generaciones, mis abuelos, mis papás, nosotros, y dos más. Estás protegido hijo, tú, tus hijos y lo shijos de tus hijos.
Me contó sobre los demonios que habían quedado atrapados en el cerro del "Sombreretillo", mejor conocido por el Santo Madero; sobre las brujas que habían sido quemadas entre ellas mismas mediante el sacrificio de una gallina negra, que si chiflabas de cierta forma, las llamabas; de cómo en décadas atrás, se sacrificaban niños en el puente del arrollo para evitar las "venidas" de agua de la Sierra Madre.
Ayer la enterraron. Yo... Ya la veía muy viejita, pero su mente al contarme sus historias, era brillante. Al noviembre siguiente, antes de que se casara mi hermana, se fue. Ella había pedido que no se interrupiera nada de lo que ya se tenía planeado para diciembre.
Extraño su café conversando conmigo... Su bendición hacia los cardinales y su casi media hora, orando según ella, para recordar a todos y cada uno de sus parientes y antepasados... vivos y muertos...
Su bendición con su mano arrugada, delgada, fría y eternamente tierna sobre mi frente a cada despedida por irme a la Ciudad de México...
No.... Ya no habrá historias qué contar... Ya no habrá bendiciones ni rosarios... ya no habrá a quién no se le olvide servirme un café... como el de mi abuelita.
Pedro Eduardo
Nov./99
Me contaba que cuando era niña, ese pueblo estaba constituido por Haciendas y que donde ellos vivieron era precisamente la Hacienda del Rosario; cuna de los Madero y por supuesto de uno de los más grandes Presidentes de México, Don Francisco Ygnacio Madero.
El frente de esa casa, daba hacia una de las entradas principales de lo que fuera la más importante empresa del Parras; la Compañía Industrial de Parras, Sociedad Anónima, CIPSA, empresa mezclillera que importaba mezclilla a todo el mundo. Ahora, por interese bizarros de los hijos, de los hijos, de aquellos que fueran dueños, ha quedado en la ruina...
Ahí, frente a esa casa, recuerdo varias veces a las enormes máquinas ferrocarrileras que llegaban a dejar materia prima o transportar Mezclilla. Un gran silbato al que llamábamos "el pito de la fábrica", marcaba los horarios de entrada y salida de trabajadores y no fueron pocas las veces que me dio santas espantadas.
Decía mi abuela que su mamá, le contó cómo le tocó ver llegar a los Dorados de Villa en uno de esos ferrocarriles; ya sea para llevarse a los muchachos o las muchachas, "pa la bola", siempre y cuando quisieran ir por su "volunta", no a la "juerza"; recordaba como a ella y a sus hermanas, las escondían en el sótano para evitar que se las robaran o por si, alguna de ellas, quisiera irse con uno de los Dorados de Villa. Aun así me decía con cierta nostalgia, que una de sus primas, un día decidió irse y nunca más se supo de ella.
También me contó historias extraordinarias que, de no venir de la protagonista, nunca las hubiera creído. Me dijo que una vez la embrujaron; cuando le pregunté sobre lo que le habían hecho, me dijo muy solemne, que ella nunca se dio cuenta, pero según las personas que le ayudaron, que ella se tomaba de los tobillos y caminando, se iba al monte del "ojo de agua", a mugir como vaca, que rumiaba y no quería regresar a su casa, que así se estuvo durante horas hasta que le pagaron a otra bruja, que era blanca, para que deshiciera el hechizo y la protegiera para siempre... Esa protección estaba, según decía, hecha para cinco generaciones, mis abuelos, mis papás, nosotros, y dos más. Estás protegido hijo, tú, tus hijos y lo shijos de tus hijos.
Me contó sobre los demonios que habían quedado atrapados en el cerro del "Sombreretillo", mejor conocido por el Santo Madero; sobre las brujas que habían sido quemadas entre ellas mismas mediante el sacrificio de una gallina negra, que si chiflabas de cierta forma, las llamabas; de cómo en décadas atrás, se sacrificaban niños en el puente del arrollo para evitar las "venidas" de agua de la Sierra Madre.
Ayer la enterraron. Yo... Ya la veía muy viejita, pero su mente al contarme sus historias, era brillante. Al noviembre siguiente, antes de que se casara mi hermana, se fue. Ella había pedido que no se interrupiera nada de lo que ya se tenía planeado para diciembre.
Extraño su café conversando conmigo... Su bendición hacia los cardinales y su casi media hora, orando según ella, para recordar a todos y cada uno de sus parientes y antepasados... vivos y muertos...
Su bendición con su mano arrugada, delgada, fría y eternamente tierna sobre mi frente a cada despedida por irme a la Ciudad de México...
No.... Ya no habrá historias qué contar... Ya no habrá bendiciones ni rosarios... ya no habrá a quién no se le olvide servirme un café... como el de mi abuelita.
Pedro Eduardo
Nov./99

Que hermoso cuento hermano....pasa el tiempo y me doy cuenta que ella fue una bendición en nuestras vidas.
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