Eduardo y la Cuca
Como cada noche, la vieja cucaracha, Cuca, salió en busca de su alimento nocturno en la antigua casa universitaria. Esta vez, más ilusionada que nunca, había llegado un nuevo inquilino.
Comenzó su recorrido habitual, trepando y esquivando por la cocina en busca de comida. Subía y bajaba por el piso, la alacena, la cocina, el sartén olvidado con restos de la cena, las moronas de pan no recogidas, incluso la botana en la recámara. Ojalá este nuevo académico no fuera tan ordenado como la chica anterior, pensó, recordando cómo casi había muerto de hambre la última vez.
Porque, claro, establecerse en una casa cómoda tiene sus ventajas: amor cucaracho, comida en abundancia, espacio para dormir, reproducirse y... bueno, para cagar también. Así es la vida de una cucaracha: comer, dormir, cagar y empezar de nuevo. Tener una gran familia y ser feliz.
—Empezamos mal... —murmuró para sí misma al recorrer toda la cocina y encontrar todo impecable—. Vamos a ver qué hay en el nivel superior... ¡Bingo! Queso doble crema Filadelfia y moronas de galletas Ritz.
—Es una lástima que, estando tan vieja, no pueda ir por todos mis amigos y la familia, pero, pensándolo bien, no alcanzaría.
Después de una deliciosa cena, Cuca decidió dormir.
La siguiente noche, su rutina volvió a comenzar: subir, bajar, esquivar, recorrer. Ojalá el académico no sea tan pulcro...
Y efectivamente, en el baño encontró pasta de dientes. Deliciosa. Pensó en los suyos, pero seguro ellos también estaban bien alimentados.
Sin embargo, esa noche algo diferente sucedió. Era el universitario... Eduardo. Vaya, me tiene miedo… ¿o me está viendo?. Lo escuchó murmurar:
—¿Quieres queso, amiga?
—¡Wow, claro que sí! —pensó Cuca, sorprendida.
—¿Cómo te llamas?
—Soy Eduardo y te tengo miedo...
—Soy Cuca y no te tengo miedo.
—¿Podemos ser amigos?
—Encantada, amigos.
Así comenzó una extraña pero entrañable amistad. Cuca, confiada, salía cada noche al encuentro de Eduardo, quien inevitablemente gritaba cada vez que la sorprendía. Pero ella no temía ser aplastada. Hasta que una noche...
Olvidó algo crucial: la visión nocturna, un don que Eduardo no tenía.
Cuando salió a espantarlo como tantas veces, Eduardo caminó sin ver por dónde pisaba. ¡Zaz!, un crujido suave y pegajoso resonó entre su zapato y el suelo. Eduardo se detuvo, horrorizado: Cuca.
Así fue. Cuando la luz volvió en la cocina, ahí estaba ella, moribunda. Eduardo, triste, la aplastó por completo para terminar con su dolor.
—Adiós, amiga. —susurró Eduardo, triste.
Esa noche llovía, y Eduardo no sabía qué hacer con el cuerpo de su amiga. Tirarla a la basura le parecía cruel, no digno de una amiga. Entonces, observó una fila de hormigas acercándose a ella.
—Hola, pequeñas... tal vez sería un honor para Cuca que ustedes se encargaran de ella.
Las hormigas no contestaron, pero una se acercó y olfateó el cuerpo. Una tras otra fue llegando, hasta que Eduardo, confiado, se retiró.
A la mañana siguiente, el cuerpo de Cuca ascendía por la pared, llevada por varias hormigas que la trasladaban a su última morada.
Ahora, Cuca descansa, solo Dios sabe dónde. Pero su recuerdo permanece vivo cada noche, cuando cientos de hormigas llegan a la cocina en busca de azúcar que Eduardo, muy amablemente, deja regada en el piso.
Entre ellos ha comenzado otra amistad.
Agosto, 2021
Kimer Ed.

Amistades inimaginables, que llegan al alma y hacen fuerte ese sexto sentido por otra existencia mas en la vida....
ResponderBorrar