viernes, 4 de noviembre de 2022

EQUIS IV - SANTO DOMINGO



La primera vez que vi el Pedregal de Santo Domingo me pareció un lugar mágico;  un mar de piedras nacidas del volcán Xitle, envuelto en verdes silvestres y múltiples animalitos; chapulines o langostas, verdes y enormes en mis manos, víboras que nombraban alicantes o sincuate;  hermosos camaleones con forma de pequeños dinosaurios; renacuajos que posteriormente se convertían en ranas; jicotillos o abejas volando de flor en flor;  catarinas, toritos, de uno y mil colores; arañas multicolores y enormes tarántulas, Etc. 

Y de todos, había historias o leyendas; nuevas, antiguas o inventadas.  Por ejemplo la leyenda del sincuate o alicante, que era la antagonista de una mujer que recién había dado a luz y por las noches cuando amamantaba a su bebé, se quedaba dormida cansada de la jornada en la ciudad y justo en esos momentos, llegaba esta víbora que apartaba al niño de su regazo y le daba de mamar su cola, mientras ella, la víbora, se amamantaba de la leche del seno de la madre de aquel niño que meses después moría desnutrido.  Recuerdo muy bien la cueva donde se aseguraba que la habían visto hacer tal aberración demoniaca.  Otra leyenda que me encantaba, era la del enorme perro negro que aparecía sólo a aquellos niños que habían hecho alguna travesura;  lo extraordinario de esta leyenda era que la contaban adultos; otra que era genial, era la del ropavejero que anunciaba: "se compran zapatos viejos, ropa usada; cambio, vendo o compro por igual", incluyendo a niños latosos; escucharlo venir era terrorífico, si en tu conciencia sabías que habías hecho alguna travesura, lo mejor era esconderse bajo las cobijas de tu cama.

Las mascotas más exóticas que he tenido en mi vida, fueron las que disfruté en Santo Domingo: tuve dos pequeños camaleones en dos distintos tiempos:  algunos los llaman de montaña, otros cornudos, ambos fueron hermosos y muy dóciles;  les daba hojas verdes que encontraba inmediatamente al salir de mi casa que en ese entonces era de láminas de cartón... Los dejé ir porque parecían más contentos libres que en mi caja con arena.

Otra de mis mascotas preferidas eran los jicotillos o escarabajos de polen; insectos amarillos con manchitas negras y los cuales podías atrapar fácilmente, les amarrabas con un hilo una patita y tenías la oportunidad de manipular un helicóptero con forma de insecto volador; ahora no me causa gracias haberlo hecho.  

También tuve dos renacuajos que crecieron alegres en los tambos que teníamos para almacenar agua;  vivieron felices hasta crecer enormes y convertirse en hermosas ranas; igual las dejé ir en mi jardín una noche a la luz de la luna.  

Por las noches en ciertas temporadas del año, las luciérnagas eran y son, donde quiera que las halla, hermosas;  pero nosotros cuando las agarrábamos las embarrábamos en nuestra ropa haciendo una cruz que duraba durante algunos minutos iluminada.  Tampoco me da gusto decir eso; yo creo que ahora lo recriminaría.  De hecho eso no lo aprendimos solos, alguien debió enseñarnos cómo se hacía.  

Además tuve dos tortugas de tierra, arañas de colores en mi jardín que no tocaba, pero que cuidaba no molestar para ver sus enormes telarañas tan bellamente construidas;  de vez en cuando les arrojaba una mosca sin alas y veía maravillado su desempeño.  

Pero la mascota que más recuerdo y con tanto cariño es mi primer perro, lo llamábamos: Kaiser;  mi papá le había puesto ese nombre. Tenía colores negro con amarillo que me recordaba al extinto tigre de Tasmania.  Del Kaiser tengo la mejor anécdota de mi niñez en Santo Domingo.  Yo tendría 7 años y tenía como tarea trasladarme de Copilco el alto donde vivíamos, a darle de comer diariamente ya que él se encontraba al cuidado del terreno del pedregal.  La tarde que no se ha borrado de mi memoria es aquella cuando llegué a darle sus alimentos y me recibió como siempre, yéndome a encontrar a metros de distancia con ese olfato canino que tanto admiro.  Le daba de comer y  terminando, jugábamos al investigador y su sabueso y nos íbamos a inspeccionar, piedras y más piedras, hierbas y más hierbas; corría, me escondía, y me encontraba; las piedras parecían pocas para investigar; cansados de jugar y cuando la lluvia comenzaba, esa tarde nos fuimos a la casa de cartón y nos quedamos dormidos en el catre improvisado que mi padre había comprado para esos casos.  No nos dimos cuenta cuánto tiempo pasó y ya había oscurecido.  Rápidamente encendí una de las veladoras que ahí teníamos, abracé a mi perro y sin más, con la presión de no saber la hora que era, me despedí de él.

A medio camino, mi papá ya venía a mi encuentro preocupado porque me había tardado de más.  Pero oh, error...  Mi papá me preguntó, ¿no dejaste nada prendido?...  Espantado le dije, sí, una veladora...  ¿Y no sabes que en cuanto se termine se puede incendiar la casa?, las laminas son de cartón y están impregnadas de petróleo... Nos regresamos para el gran gusto del Kaiser... Y... Ya no recuerdo más. Las casas que se incendiaban en ese entonces era pan de todos los días.

La nostalgia de aquel día, aquella tarde, aquella siesta con mi perro después de haber jugado, el abrazo al despedirme de él...   Lo recuerdo con gran cariño...  Y muy, muy agradecido con él porque ese momento en mi niñez, fue uno de los momentos más hermosos y felices que recuerdo.

He aquí su poema:

KAISER

En la casa de cartón

con el hambre en la mirada

juntos comimos del pan de la mañana

entre piedras de volcán 

y colores de araña

dinosaurios miniatura, 

renacuajos en charcos de agua, 

inocentes y silvestres

niños ambos de ternura

verdes, rocas de volcán y lluvia

juntos... Eternos 

abrazamos la aventura.



Kimer Ed- Enríquez

   Noviembre 2022

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