Por primera vez, después de tantas veces pensarlo, la seguí hasta su casa.
Estaba seguro de que me había visto observarla cientos de veces al salir de aquel viejo bar. En algunas ocasiones acompañada, otras sola.
Llovía.
Serían las dos de la mañana y el centro de la ciudad comenzaba a abrir sus brazos a las ratas del asfalto, a los vagabundos que buscan y sacan la basura queriendo saciar o limpiar el alma…
Llovía.
Ahora sé que se dio cuenta que la seguía;
en
su momento me perdí en la fantasía
de robarle dos palabras y el anhelo
de
tocar su cabello.
Imaginaba
sorprenderla con un beso profundo
y
eterno de amor.
La lluvia no cesaba,
era de esas lluvias que te mojan los recuerdos y la eternidad de cada uno de ellos
como pequeñas fotografías incoloras y manchadas de tanto recordar…
De
tanto llover el alma.
Mi
pensamiento y cada uno de mis pasos divagaron detrás ella.
Al
llegar a su casa, abrió la puerta y se quedó inmóvil...
Era
mi invitación.
Entré.
El olor y la imagen a bar de medianoche, habían desaparecido...
Me
tomó la mano y me llevó a su cama.
No
dijimos una sola palabra,
se
quitó la ropa e hicimos el amor...
El
ambiente se impregnó de lascivia, sentimiento y deseo...
suave
y táctil... Dulce y dátil…
Boca
y miel
lluvia
y madrugada...
Piel sobre piel.
Cuando
desperté, no volví a ver el día,
aun
y cuando la última hora que recuerdo haber visto,
eran
las 06:00 de la mañana...
En
un golpe de mareo comprendí,
al
ver su belleza...
Estaba
feliz... Efusivo y feliz...
El
alma, no pesaba…
No
la sentía…
Y
en una sensación de endeble flaqueza
Mi
cuerpo todo
tenía
sed…
Mucha sed.
Kimer Ed-Enríquez
Nov. 2010-23

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