viernes, 1 de noviembre de 2024

HACIA EL MICTLÁN


En la antigua Tenochtitlán, la muerte no era vista con miedo.  Los ancestros la comprendían como una parte más del gran ciclo de la vida.  Sabían que, al final, todo ser debía caminar por el misterioso sendero que llevaba al Mictlán, el lugar de descanso eterno, donde el señor Mictlantecuhtli, dios de la muerte, (también de la vida) esperaba pacientemente a cada viajero.

Cuentan los sabios que, cuando un alma dejaba este mundo, no iba sola.  Un perro xoloitzcuintle, guardián fiel, la acompañaba, guiándola por los nueve niveles del inframundo, hasta llegar a su destino final. Los ancestros no temían ese viaje, porque sabían que era un retorno, una reunión con aquellos que los habían precedido: abuelos, padres, amigos, e incluso las queridas mascotas que alguna vez compartieron la tierra con ellos.

Así fue el caso de Tlayol, un joven guerrero que, tras muchos años de lucha en defensa de su pueblo, finalmente sucumbió a las heridas de su última batalla. Cuando su cuerpo se enfrió y su aliento se desvaneció, su espíritu despertó en una vasta llanura envuelta en niebla.  Frente a él, un xoloitzcuintle de ojos brillantes le esperaba, moviendo su cola con un aire de familiaridad.  Era Coyotl, el perro que le había acompañado desde la infancia y que había fallecido años atrás. Sin necesidad de palabras, ambos entendieron que el momento de caminar juntos una vez más había llegado.

Mientras avanzaban por los caminos sinuosos del Mictlán, Tlayol reflexionaba sobre la vida.  Cada paso era un recordatorio de lo que había dejado atrás: el amor de su familia, las risas compartidas con sus amigos, las tardes serenas en compañía de Coyotl. Sin embargo, lejos de sentir tristeza, se sentía agradecido.  Sabía que, aunque ya no caminaban juntos en la tierra, sus recuerdos y su legado permanecían vivos en los corazones de los que venían atrás.

El viaje no fue fácil. Debieron cruzar ríos de agua negra, donde las almas débiles se quedaban atrapadas, y escalar montañas.  Pero Coyotl, con su sabiduría ancestral, guio a Tlayol seguro de lo que hacía.  En cada nivel, Tlayol sentía el peso de su vida terrenal irse quedando, dejando espacio para la paz y el entendimiento.

Al llegar al noveno nivel, Mictlantecuhtli les esperaba.   El dios de la muerte, con su rostro huesudo y ojos profundos, no era una figura temible.  Más bien, irradiaba una calma única.  Extendió sus manos hacia Tlayol y, en silencio, le permitió descansar. Ya no había dolor, ya no había miedo.  Solo quedaba la certeza de que, al final de todo, el ciclo había concluido de manera perfecta.

Tlayol entendió que la muerte no era un castigo ni un fin, sino una puerta hacia la eternidad, donde los recuerdos y el amor que había compartido seguirían vivos. 

Mientras cerraba los ojos por última vez, pensó en aquellos que todavía caminaban en la tierra. Sabía que algún día también emprenderían el viaje, y que no estarían solos. Un xoloitzcuintle, tal vez el mismo Coyotl, les guiaría hasta él.

Fin

Nuestros ancestros no temían a la muerte porque entendían su verdadero significado: un reencuentro con lo que amamos, una transición hacia un nuevo capítulo.  Aquellos que han partido —nuestros padres, abuelos, amigos, e incluso nuestras mascotas— ya han caminado por ese sendero, pero no están lejos.  Sus historias están escritas en nuestros corazones, y su presencia se siente en el viento y los recuerdos que soplan en las noches serenas.

Así como Tlayol fue guiado por Coyotl, nosotros también seremos acompañados cuando llegue nuestro tiempo.  Hasta entonces, vivamos nuestras vidas con amor y valentía, sabiendo que la muerte es solo una continuación, una hoja nueva en el gran libro de la existencia.


Los quiero mucho.

 

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