Cuando llega el punto final, lo que se espera es que hayamos escrito una obra maestra, una historia digna de ser recordada. Esto es algo que nuestros ancestros y seres queridos ya han hecho. Imaginen que ellos ahora caminan por los misteriosos senderos del Mictlán, ese reino que aguarda el alma de quienes han completado su viaje en este mundo. No es un lugar sombrío, sino uno de continuidad y reflexión, donde sus espíritus aun escriben en una hoja distinta a la nuestra.
Al igual que en el karate, donde cada técnica, cada kata, es una pequeña obra en sí mismo, la vida es una serie de movimientos que debemos ejecutar con precisión y propósito. Lo que decidas, lo que hagas, son los trazos que componen nuestro propio legado, las huellas que vas dejando. Y cuando el punto final llega, ¿qué mejor que haber escrito algo tan sublime que resuene en la eternidad?
Los que se han ido —familiares, amigos, e incluso esas mascotas que fueron más que simples compañeros—, nos han dejado hermosas lecciones. Nos enseñaron que la vida no se detiene con el último suspiro. Al contrario, en ese instante cruzan a un nuevo dojo, uno donde continúan su aprendizaje enfrentando desafíos diferentes pero igualmente valiosos. Quizás están allá, perfeccionando su propio karate espiritual, avanzando por el Do de los guerreros, del alma.
Y nosotros, que aún estamos aquí, debemos seguir escribiendo. En cada día, en cada esfuerzo, hay una oportunidad de mejorar nuestra obra. No sabemos cuándo llegará ese punto final, pero como en un combate de kumite, cada movimiento cuenta. Lo importante no es solo la victoria, sino la calidad del camino recorrido, nunca lo olvides.
Así que, familia, alumnos, recordemos a quienes ya se han marchado, más que con tristeza, con respeto. Ellos dejaron su huella en el tatami de la vida. Ahora nos toca a nosotros honrar esa tradición. Que nuestro libro, cuando esté completo, sea una obra digna de leerse junto a la de aquellos que ya caminan en el Mictlán.
Fuerte abrazo, este día de muertos.

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