sábado, 9 de febrero de 2019

DE VIAJE (DE LA SERIE EQUIS)


Era una noche de lluvia constante y tupidita, y aunque, desde que tengo memoria la lluvia me gusta, la gente me abrumaba en la sala de espera.  El humo del cigarro de mi madre del cual trataba de respirar algo con toda intención, era mi única diversión en ese momento. Después de media hora, abordamos el autobús rumbo al pueblo de mi abuela.

Mi padre con trabajo acomodó dos maletas que no pudo introducir en paquetería; no sé si por vergüenza al volumen que traía o acaso porque fuera a necesitar alguna cosa durante el viaje.  Cuando todos en sus asientos comenzaban a relajarse, por fin se escuchó el arranque del autobús.  Su ronroneo, era ronco y fuerte, despacio y prolongado, la entrada de la reversa para salir de donde estaba aparcado se sentía orgullosa de sí. Con mucho cuidado y sintiendo en mis manos ese rugir, comencé a manejarlo.  Era excitante ir en el asiento reclinable, usando como palanca de velocidades el paraguas aun mojado por la lluvia que hasta ese momento no cesaba.  Primera, segunda, run, run, run… Todo estaba genial hasta entrar a carretera; mi padre, enojado, me reprendió diciendo que ya era hora de dormir.  El autobús que manejaba distraídamente con el paraguas, lo dejé en automático; el olor a desodorante de lavanda había disminuido y uno que otro comenzaba a roncar. Los chicos de los últimos asientos ya no hablaban de chicas y sus risas cambiaron a murmullos lejanos.  De entre los brazos de mi madre, tomé la chamarra roja con la que intentaba taparme; abrí cuidadosamente la cortinilla de la ventana, me acurruqué y me dispuse a contemplar la noche.  La carretera que dejaba a gran velocidad se veía triste, oscura y lejana; sin embargo, su tristeza contrastaba con la luna y las trescientos cinco estrellas que tenazmente había contado desde que habíamos entrado a carretera.   La lluvia ya no estaba.  En el horizonte se vislumbraban tenues sombras de cactáceas; soldados que hacían firmes a mi paso.  Algunos parecían decirme adiós, otros sonreían.

Mi papá dejó de leer el Selecciones del Reader’s Digest cuando mi madre terminaba su ultimo cigarrillo de la noche.  (en ese entonces se permitía fumar); Ellos creyeron que dormía cuando alcancé a ver el reloj de mi padre que eran las 2:30 de la noche; nadie puede decir lo contrario, estaba oscuro, los montes que semejaban elefantes eran negros y uno que otro león oscuro, se perdían poco a poco entre las sombras...  era de noche.  La luna que había quedado atrás, atrapada entre esos elefantes; seguramente estaba siendo tragada por el león….

Las 2:30 A.M., fue la última hora de aquella madrugada que observaron mis ojos.  Y hoy a 30 años de ese recuerdo, mirando el espejo de mi escritorio, me doy cuenta de que entre esa noche, la luna, los soldados que me saludaban, las trescientas cinco estrellas, el paraguas, el humo del cigarro de mi madre conversando con mi padre… se quedaban pequeñas imágenes de mi niñez que poco viví…  y poco recuerdo.

Pedro Eduardo
Noviembre, 89.

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