Era una noche de lluvia constante
y tupidita, y aunque, desde que tengo memoria la lluvia me gusta, la gente me
abrumaba en la sala de espera. El humo
del cigarro de mi madre del cual trataba de respirar algo con toda intención,
era mi única diversión en ese momento. Después de media hora, abordamos el
autobús rumbo al pueblo de mi abuela.
Mi padre con trabajo acomodó dos maletas
que no pudo introducir en paquetería; no sé si por vergüenza al volumen que
traía o acaso porque fuera a necesitar alguna cosa durante el viaje. Cuando todos en sus asientos comenzaban a
relajarse, por fin se escuchó el arranque del autobús. Su ronroneo, era ronco y fuerte, despacio y
prolongado, la entrada de la reversa para salir de donde estaba aparcado se sentía
orgullosa de sí. Con mucho cuidado y sintiendo en mis manos ese rugir, comencé
a manejarlo. Era excitante ir en el
asiento reclinable, usando como palanca de velocidades el paraguas aun mojado
por la lluvia que hasta ese momento no cesaba.
Primera, segunda, run, run, run… Todo estaba genial hasta entrar a
carretera; mi padre, enojado, me reprendió diciendo que ya era hora
de dormir. El autobús que manejaba
distraídamente con el paraguas, lo dejé en automático; el olor a desodorante de
lavanda había disminuido y uno que otro comenzaba a roncar. Los chicos de los
últimos asientos ya no hablaban de chicas y sus risas cambiaron a murmullos
lejanos. De entre los brazos de mi
madre, tomé la chamarra roja con la que intentaba taparme; abrí
cuidadosamente la cortinilla de la ventana, me acurruqué y me dispuse a
contemplar la noche. La carretera que
dejaba a gran velocidad se veía triste, oscura y lejana; sin embargo, su
tristeza contrastaba con la luna y las trescientos cinco estrellas que
tenazmente había contado desde que habíamos entrado a carretera. La lluvia ya no estaba. En el horizonte se vislumbraban tenues
sombras de cactáceas; soldados que hacían firmes a mi paso. Algunos parecían decirme adiós, otros
sonreían.
Mi papá dejó de leer el
Selecciones del Reader’s Digest cuando mi madre terminaba su ultimo cigarrillo
de la noche. (en ese entonces se
permitía fumar); Ellos creyeron que dormía cuando alcancé a ver el reloj de mi
padre que eran las 2:30 de la noche; nadie puede decir lo contrario, estaba
oscuro, los montes que semejaban elefantes eran negros y uno que otro león oscuro,
se perdían poco a poco entre las sombras...
era de noche. La luna que había
quedado atrás, atrapada entre esos elefantes; seguramente estaba siendo tragada
por el león….
Las 2:30 A.M., fue la última hora
de aquella madrugada que observaron mis ojos.
Y hoy a 30 años de ese recuerdo, mirando el espejo de mi escritorio, me
doy cuenta de que entre esa noche, la luna, los soldados que me saludaban, las
trescientas cinco estrellas, el paraguas, el humo del cigarro de mi madre
conversando con mi padre… se quedaban pequeñas imágenes de mi niñez que poco
viví… y poco recuerdo.
Pedro Eduardo
Noviembre, 89.

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