Me siento muy afortunado de
pertenecer a lo que algunos llaman la generación equis. Supongo que nuestros padres en su momento se
expresaron de la misma forma ante los abuelos y, de alguna manera estoy
haciendo lo propio al atestiguar como verdadero que, “los viejos tiempos eran mejores” …
Cierto, también me certifica como una persona que ha entrado a la recta final de su vida.
Pienso en los chicos de ahora y
aun no alcanzo a comprender el hecho de que se hayan perdido la oportunidad de interactuar con herramientas
tan interesantes como el romántico quinqué de petróleo o las velas para
iluminar un hogar sin electricidad… ¡caray!,
hay tantas anécdotas por contar, que las personas de nuestros tiempos… no imaginan.
El Quinqué
En mi casa manejamos varios
modelos, el que más me gustaba, era el que estaba hecho prácticamente de cristal
en su totalidad; su parte superior era tan frágil, que al tocarlo me excitaba el
temor de romperlo. En su base estaba el
administrador del petróleo el cual se podía ver en sus tonos azul oscuro. En ese entonces no sé por qué el petróleo no olía
mal; recuerdo a una tía cómo se daba el placer de unos sorbos y decía que tenía
un excelente sabor, por supuesto nunca lo probé. En la parte superior del contenedor de petróleo,
estaba el mecanismo de la mecha, éste era metálico; la mecha nacía desde la base
donde convivía mojada con el petróleo, hacia una pequeña rendija donde era halada
en forma vertical, al momento de girar con los dedos medio, índice y pulgar, la
pequeña manija redonda, metálica y dentada, que sobresalía del administrador. No medía más de unos 10 centímetros de largo. Era de una tela entretejida y absorbía el
petróleo lo suficiente como para encender e iluminar no solo el lugar, sino el
momento. El tamaño de la mecha que daba luz a una pequeña llama, tenía que ser exacto para no tronar el cristal con el que se protegía la pequeña
flama de alguna ventisca. El humo negro que
se generaba al encenderlo, después de unos segundos, ya no se percibía y dejaba
de molestar.
Recuerdo que el momento de
encender el quinqué, era mágico… desde levantar el cristal superior y estar atentos
para que, con un cerillo enorme de madera con cabeza roja, en cuanto se encendiera,
ponerlo nuevamente en su contenedor; regular la llama y así, después ver cómo pequeña
e insignificante, se tornaba en una llama orgullosa de
tonos azul amarillento blanco… mágico
azul… para iluminar cualquier lugar de la oscuridad… del alma… de los chistes, historias o cuentos de
terror que se antojaban al calor de las tortillas de harina blanca, frijolitos recién molidos… y café.
Llama azul
llama a luz
llama al alma
Lenta suave
titubeante
Sombras menguas
sol de cuentos
de terror
Anécdota cansada
Sol de llama
encapsulada
cárcel en cristal
en vestido azul
de la historia contada
El relato nostalgia
en un beso…
Un adiós
Petróleo mecha
llama, cristal
eterna
Iluminas
el silencio…
Llamas del ayer
acristalada
danza suave
Iluminas...
almas
las de yeso
frijolitos
un café...
Un recuerdo.
Pedro Eduardo
Febrero 2019

Gracias a ti por leerme... saber que te guste lo que escribo, enaltece mi alma.
ResponderBorrarEn efecto, la prosa te lleva a recorrer la memoria del quinqué, me parece que logras transmitir con bastante soltura, lo identifique con algo de realismo mágico. Y esa transgresión hacia la poesía, es un acto que demuestra la pasión que le tienes al verso. Las palabras elegidas me parece que van de acuerdo al relato. Un ejercicio completo.
ResponderBorrarMuchas gracias, tu análisis me parece muy exacto.
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