Es una implosión. Explosión hacia un punto nuclear en el pecho u hombro; hala todo lo que hay a su alrededor… espalda, pulmón, brazo, cerebro, respiración… seguridad y certidumbre. Acción todopoderosa y desconocida. Se nubla la visión hasta la oscuridad. Lo que crece inclemente, es el miedo, la desesperación vestida de ansiedad. Y lo primero que te preguntas: “¿qué sucede?, ¿qué me pasa? Y lo primero que afirmas: ¡algo está mal!... la luz de la vida que conoces se difumina lentamente…
Tu mano acaricia a la mía
Seis meses
Allá donde el miedo nos alcanza
Donde los juramentos se desvanecen
deseos
lágrimas lloradas y por llorar
La noche alcanza a tu vista y cuando al fin llegas a donde te pueden ayudar, mueres…
Palabras lentas
Hablan solas
Sin decir…
Intentan imagen
Sonidos…
En silencio...
Hablan.
Y al regresar, nuevamente la implosión. El pecho, el brazo izquierdo… duelen, dolor raro no experimentado antes.
Hay que llegar al hospital y... tiempo se vuelve lento. Te vuelves a ir …
Luz entre los ojos cerrados
No hay espacio para el ruido
El morbo te observa
Te ayuda
Dos veces más antes de llegar al taxi… caes… te vas…. Y regresas. Ya sentado, pareciera recobras el aliento, el deseo de llegar al hospital se vuelve importante; te has dado cuenta de que un ataque cardiaco está en progreso... y tienes un miedo raro… nunca experimentado.
El operador del taxi más lento de la zona se asoma por el retrovisor y titubea, pero al fin se decide a preguntar en un tono de vergüenza:
- ¿Puedo pasar a ponerle gasolina?
- No inventes… –dice Betty entre dientes– … enojos y reclamos por parte Marcela, que me acompaña y que me hacen intervenir para gritar un largo…
- Sí, ya. ¡Vaya!
Y es que no puedes más que aceptar que de lo contrario no llegarías al hospital e implicaría perder más tiempo con la probabilidad nuevamente de perder el conocimiento; la oscuridad se sentía muy cerca; a partir del esfuerzo que implicara, el bajar y volver a abordar otro taxi; eso, si es que lo encontráramos en medio del caos vehicular de la hora pico por una zona de las más conflictivas de la urbe citadina (ahora sabes que, en el proceso de un ataque al corazón, debes guardar absoluto reposo). Claro, seguramente se buscaría que fuera un modelo más reciente y que nos llevara más rápido pero ya no hay tiempo para eso, porque sin saberlo, urgía llegar al hospital.
Ya en el hospital, urgencias con su grande letrero nos indica a dónde dirigirse. Únicamente cuando te toca, te das cuenta de que ese letrero es fundamental… nunca piensas llegar ahí. El personal administrativo lleno de cotidianidad y con voz indiferente pregunta tus datos generales; se dan cuenta (no sé cómo, tal vez la experiencia) que la atención que se requiere es vital y te dan el acceso inmediato. Adentro, entre panecillos y la plática más rica de la mañana que ha sido interrumpida, alguien que parece médico vestida de civil, pregunta qué tienes. Le explicas, pero continúa en la plática que había dejado pendiente con sus enfermeras (no tiene por qué dejarla). Al mismo tiempo te toman la presión con un viejo baumanómetro… al ver el resultado deducen que algo anda mal porque el aparato marca una frecuencia sístole muy fuera de lo normal. La médica gira instrucciones para tomar un electrocardiograma. Alguien le dice:
- Aquí hay uno –se refería al aparato–
- Tómaselo… ¿Sabes? – Se dirige hacia una de las enfermeras
- …pues, más o menos…
procede a tomarme el electrocardiograma, chupones, mangueras, alcohol
-… acuéstese aquí… ¿Se quita la camisa por favor? – Risas de las enfermeras que estaban ahí–
- Listo…
- Pásalo, que tome asiento y espere…
- En un momento lo atienden... –Dirigiéndose a ti–
Una enfermera que sale de un cuarto más grande, de entre todos los que están ahí, (muchos) te ve, se acerca y pregunta que si te sientes bien
- No, me duele el pecho… –le respondes con una sonrisa ansiosa y espantada que mira cómo sobrevivir entre un pasillo donde camas, sillas y sillas de ruedas, estorban el libre transitar de enfermeros, médicos y pacientes con mangueras y frascos de suero–
Un médico, el residente, probablemente avisado por la enfermera que te había visto, te vuelve a revisar y vuelve a preguntar, cómo te sientes… no sabes responder… te envía a una sala diferente... allí te dan una pastilla y te dicen que la pongas debajo de la lengua, es café, pequeña y sabe horrible… te dan nauseas, te agachas buscando dónde vomitar y Marcela, que te acompaña, te acerca un bote de basura… te hincas para vomitar, arqueas tu cuerpo y…
…
La soledad
Me acompaña
Es una boca cerrada
Murmuran otras oscuras
Nada
sentimiento
Nada.
Me fui.
Cuando regresé, un médico regañaba a la doctora vestida de civil que me había atendido al ingresar a urgencias, preguntando qué es lo que había pasado, que por qué no se le había detectado con anticipación… ¡Mire, sufrió un sincope! (O sea que las veces que me había desmayado, habían sido síncopes) Yo estaba en el suelo y dos personas me miraban espantadas. A Marcela, quién lloraba, ya la habían sacado de la sala. Dos enfermeros me subieron a una camilla y el médico que supervisaba me dijo que no hiciera ningún esfuerzo. Yo quería ayudar queriéndome incorporar, pero el médico pidió que no lo hiciera. La enfermera que me había preguntado si me sentía bien en el pasillo de urgencias, ahora estaba ahí y era la que me atendía; se veía agitada, nerviosa y con cierto miedo. El médico con un tono y actitud de culpabilidad por el servicio proporcionado por la persona que me había recibido dijo:
- ¿Hay espacio en terapia? –dirigiéndose a la enfermera que continuaba conmigo–
- Sí, doctor
- ¿Lo podemos llevar a terapia intensiva? –Parecía preguntarse a sí mismo y a la vez pidiendo y autorizándose… un permiso–
- Sí, doctor…
- Califica.
- Sí, doctor.
- Haber, –dirigiéndose a mí que ya estaba en camilla– déjeme darle dos disparos más; –me puso una mascarilla y apretó dos veces a una botella que pendía de ella y se retiró. La enfermera me inyectaba suero. –
- Señorita, –me dirigí a la enfermera– ¿Eso qué quiere decir? ¿A dónde me van a llevar?…
- A terapia Intensiva… –Guardó un momento de silencio mientras me acomodaba la manguera del suero, me tomó de un hombro, me miró a los ojos, y sonriendo, dijo–:
- Eso quiere decir que usted tiene un ángel y mucha suerte, ahí lo van a cuidar muy bien.
Jonás era el nombre del camillero que me llevaba por largos pasillos a otro edificio hacia terapia intensiva. Se veía apresurado, comprometido pero estresado por el exceso de trabajo… lo quise sacar de su rutina mientras me trasladaba…
- Jonás, nombre bíblico…
- Sí, es nombre bíblico…
- Un personaje valiente y profeta… el de la ballena, cierto?...
- Así es. Profeta Menor…
- Tu trabajo es grande, Jonás… –Al fin me miró–
- Gracias. –Me cambiaron de camilla y la instrucción por parte de Jonás fue–:
- No se mueva por favor, va a tener una enfermera personal –y… se retiró–
- ¡Jonás!, –le grité–, gracias, que Dios te bendiga…
- Gracias, que se recupere pronto, adiós…
- Entonces… no se mueva y no haga esfuerzo alguno, –Me dijo una señorita muy amable–
- Cualquier cosa que sienta o desee por favor me llama, voy a estar con usted y mi nombre es Gabriela…
- Gracias, Gaby, espero no darle mucha lata…
- No se preocupe.
Entre blanco y azul
La sonrisa de siempre
En tus ojos
sin mirada
Ahí, allá, agujas,
Monitores, números, informes
Cada determinado tiempo exacto, siempre exacto, revisión de presión arterial, temperatura, pastillas, tablas, números. La sala era exclusiva para seis personas, camas grandes, me gustaría decir que cómodas, pero no… en un hospital cuando eres el paciente, nada es cómodo, en ocasiones, ni las visitas. Cuando se acercaban las tres de la tarde, Gaby fue a despedirse y me presentó a Marisela… Tomé de la mano a Gaby una enfermera totalmente desconocida… y no sé por qué le dije:
- No te vayas… --Yo tenía miedo—
- No se preocupe, estará bien, Mary va a estar con usted…
- ¿Vendrás mañana?
- Claro… –Me miró extrañada, pero comprensiva… me sonrió.–
- Bye. –Me despedí, reflexivo por lo que había hecho, sobre lo que había dicho… por el extraño miedo (¿a la muerte?), que había sentido… “¿no te vayas?” ... ¿Qué me había sucedido?–
Transparente al tacto
Al sentimiento
No hay sentimiento que le rodee
Es intangible
Insensible
Es…
No…
En realidad
No es
Pero ahí está
Penetra sonriente
Pero… No porque ella lo desee
Es su naturaleza
Así fue creada y percibida por el hombre
La muerte estaba ahí, presente…
A mi lado.
Dormía y dormía. La falta de asertividad con los que me atendían por la vergüenza de no molestarlos hacía que tardara en pedir el “pato” para orinar… pensar en evacuar me estresaba, un simple pedo me llenaba de angustia. El baño era diario y quiénes me bañaban excepto un día, fueron mujeres. Nunca me imaginé un baño de espuma en mi propia cama… mucho menos hecho por una mujer. Por las noches llegaba un doctor silencioso, tomaba datos, preguntaba cómo me sentía, platicaba algo con las dos enfermeras que estaban ahí y se iba, en ocasiones llegaba una doctora, ella siempre tenía una actitud docente con las enfermeras e intentaba explicarles los porqués de todo; antes de amanecer, cuando le tocaba al doctor llegaba medio despeinado y nuevamente hacía lo mismo; platicaba, preguntaba, escribía, daba algunas indicaciones y se iba. La doctora siempre muy bien arreglada, hacía lo propio, excepto que procuraba dejar alguna enseñanza en las enfermeras que siempre atentas y hasta agradecidas escuchaban. La primera noche fue la peor de todas…
Noche de cine.
Muertos saliendo por todas partes
Nena, toma mi mano…
Somos pequeños los dos y ella
me regaña
está enojada conmigo
yo soy el culpable de haber puesto la película.
Blancos y negros:
Pedro Infante, personajes de la película “Pepe el Toro”
seres de terror formados para llegar…
No sé a dónde
formados nosotros también
tomados de la mano
pequeños de la mano
a dónde fuera…
Abrí los ojos…
Un abismo frente a mí
“aférrate a la cama”
“no te sueltes, Lalo”
sudor frio en la frente
que se asoma a los pies
agarrado a las orillas
y llegaba la enfermera a decirme…
“tranquilo, todo está bien”
No era un abismo…
era la frente de la muerte
Intangible
Sonriente
Pero… No porque ella lo desee
Es su naturaleza
… Así es como la percibo.
Gaby fue mi alegría por la mañana siguiente. Ella siempre fue puntual, muy bien arreglada, limpia, amable… extraordinariamente comprensiva. Llegamos a ser buenos… ¿Amigos?, no sé cómo llamarlo, pero en esos días la quise como si fuera alguien muy importante en mi vida… (Lo fue). No creí que existiera eso. También ahora que lo escribo comprendo que es parte de la naturaleza humana creada a partir… tal vez de un contexto social, percepciones que uno tiene del mundo donde nos desarrollamos… de la educación que recibimos. Y me digo esto porque lo viví, pero no necesariamente fue algo con lo que estoy de acuerdo, si me lo preguntaran ahora. Lo que quiero decir es que fue una reacción no razonada. Fue innato, natural. Tuve miedo de algo desconocido que hasta ese momento conocí frente a frente… la posibilidad de morir… y ese miedo me hizo asirme de todo lo conocido a mi alcance… incluyendo personas desconocidas.
Estuve cinco días en terapia intensiva. En esos cinco días únicamente evacué dos veces por la vergüenza y una de ellas, me transportaron en silla de ruedas al baño… duré otros cinco días más en piso. En ese lapso presencié la muerte de dos personas por AMC, Ataque al Miocardio, el mismo motivo por el que yo estaba ahí; desde entonces dicen que soy hipertenso, yo les insisto que no es verdad porque mi presión arterial cada que la miden es de 120/80… o menor… pero ellos, los médicos, dicen, sí pero ahora ya toma medicamento para controlarla… tal vez algún día pueda demostrarles que únicamente fue un desliz emocional tras la muerte de mi hermana, la gente loca que está a mi lado y, si acaso, tal vez por mi sobre peso… Nada del otro mundo…
Pedro Eduardo
Mayo/2016

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